+300 roles de causas

¿Necesitas roles de causas civiles, pero no sabes dónde encontrarlos? Te cuento que yo me di el trabajo de organizarlos y ordenarlos por temas, adjuntando en ocasiones las demandas y las sentencias respectivas, haciendo así una base de datos inmensa. Si quieres acceder a esta, por solamente 5 dólares, puedes comprarla aquí:

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Clases particulares de derecho civil 1 y 2: reserva la tuya

En este período de clases online, el aprendizaje es algo que se está perdiendo. La gente estudia para la prueba, pero al momento de rendirla, se le olvida todo lo que memorizó, viéndose así muy perjudicados para el examen final.

De ese modo, pretendo ayudar a quienes tengan que rendir alguna prueba en civil 1 o civil 2, intentando no solo que memoricen contenidos, sino que los entiendan, partiendo desde lo más básico y simple si es necesario.

La idea del derecho no es solamente aprenderse las cosas de memoria, sino más bien lograr un aprendizaje integrado, logrando vincular los distintos conceptos, y aplicarlos a la realidad.

Si reservas una clase (cuestan únicamente 6 dólares, la divisa es norteamericana porque el pago se hace vía PayPal, pero son aproximadamente 5 mil pesos) te garantizo que aprenderás más que en un mes de estar sentado sin poner atención, frente a la pantalla de Zoom.

Si le sacas provecho, claro.

No olvides mandar un correo con el comprobante de reserva a mdmena1@uc.cl, indicando también los contenidos que quieras repasar o entender.

¡Éxito!

María de los Ángeles Mena, Derecho UC

4 de julio de 2019 – algo que escribí en ese entonces

Este ha sido un año un tanto convulso para la política nacional; desde reformas educacionales que no dejan a nadie lo suficientemente conforme (sea por el aparente carácter ultramontano o en extremo libertino, ya poco importa), conflictos en el sur que abren nuevamente el debate sobre el concepto constitucional de terrorismo contenido en el artículo noveno, presidentes de la República acusados de tráfico de influencias, jueces corruptos, y un larguísimo etcétera. Se nos cayeron del pedestal. Pero acá lo curioso viene siendo otra cosa. Es el reflejo que tiene esto en los jóvenes, en el micropaís que se forma en las universidades, en las sub sociedades que se crean entre las facultades donde, en teoría, surge el pensamiento crítico, el cuestionamiento dialéctico de las teorías políticas y la búsqueda de lo que supone un mejor futuro. Es el efecto espejo. La gente, adoctrinada, repite lo que oye. El pensamiento se diluye en una masa de información amorfa, sin más luces que lo que es políticamente correcto, de lo que suena bien, de lo que permite ganar más adeptos y más amigos. No hay que ser muy conservador, pero tampoco muy extremista de izquierda; al menos no si se estudia en ciertas universidades donde la masa de estudiantes profesa cierta doctrina más bien conservadora. Estamos en la cultura del centrismo, del “te respecto, pero no te acepto”, del “creo esto, aunque no lo entiendo, y no pretendo entenderlo, ¿cuál sería el sentido de ello, qué ganaría?”. Estamos reflejando a un país que se nos cae a pedazos. Un país que se nos arranca de las manos con discusiones inocuas, fútiles, sin más propósito que ganas la discusión en sí, no de aportar a las ideas. Me recuerda, de algún modo, a la discusión dogmática entre el jurista Alessandri, el hijo mayor del León de Tarapacá, defensor de la teoría de la nulidad, y Luis Claro Solar, quién arguía que la inexistencia sí tenía valor en el código civil. Los efectos, tanto de la nulidad como de la inexistencia, eran los mismos en la praxis. El tema era una sutileza cuyo aporte a la vida real era prácticamente nulo. Lo mismo ocurre acá. Discuten por discutir, se desprecian por el hecho de pensar distinto y no comprenden que la idea y propósito de crear conocimiento está, precisamente, en entender que los conceptos son lo suficientemente amplios como para abrirlos en múltiples caras. No hagamos de la vida universitaria una miniatura de este país destrozado. Chile sufre, sí, adolece profundamente de los dolores de una división histórica profunda, y de una necedad que le han causado el exceso de medios informáticos y la falta de información y de medios.

Mientras leo: el elefante desaparece, de Haruki Murakami

Una llamada. Todo empieza con una jodida llamada, en una casa que rayaba entre lo cotidiano y lo aburrido (se había perdido el gato, cocinaban tallarines, el marido no encontraba trabajo, pero la mujer le decía que ella tenía una situación estable con su propia situación laboral, así que descuidara; en síntesis, nada particular que uno pudiera calificar de novelesco). Hasta esa llamada. Contesta el personaje principal, y ya empieza a volverse extraño. Me extraña por qué le dedica tanto tiempo a responder las preguntas enrevesadas de una desconocida. Al fin y al cabo, no es nadie. Pero el personaje le dedica tiempo. La escucha, pacientemente, casi como si de su terapeuta se tratara. No puedo negar que es raro.

Me gusta esa mentalidad japonesa, por otro lado; no sé si es porque Murakami es la única (primera) aproximación al mundo oriental nipón que tengo, pero los siento tan distintos y tan cercanos a la vez. Es como si las rarezas de la vida, las cosas que en el mundo occidental los parecen incongruentes, en las páginas de Murakami fueran de lo más natural del mundo. Pensé, por un momento, en esos chicos de Japón que se casaban con objetos, o en la tasa de suicidios altísima de Tokio. ¿Tendrá que ver? Es una cosmovisión distinta. Un paradigma diferente. Pero no sé si es Japón completo, o solo Murakami. Me falta más bagaje cultural.

Luego, el personaje va en búsqueda de un gato que nunca quiso. La adolescente que se encuentra es otro ser rarísimo, que me recuerda, de cierto modo, a un psicópata de caricaturas. Pero el personaje, otra vez, ni se inmuta. Lo acepta, como un devenir de las cosas. Como algo normal, casi, pero sabe, en el fondo, que no lo es. La niña está loca. Loca de patio. Pero él no dice nada en absoluto. Ni siquiera le cuenta a su mujer.

La nobleza de la imperfección

  • Esto es una idea que plantea el personaje, y trata esencialmente del perdón. Es un ciclo donde uno perdona al otro, y el otro perdona al siguiente. En este caso concreto, empieza por los canguros del zoo. El espectador del zoológico (nuestro personaje) perdona a los canguros, los canguros perdonan a la remitente de la carta, y ella perdona al emisor. ¿De qué tienen que ser perdonados los canguros? No tengo idea. De existir. Es como si la sola existencia fuera una falta. ¿Lo es? Quizá.
  • Como dice el personaje —el espectador de canguros—, la nobleza de la imperfección no constituye un círculo permanente ni mucho menos. Pero está, existe, y debemos saber de éste. Me gusta. Es como cadena de favores (película que nunca he visto), pero con perdones. De alguna manera, es como si perdonar estuviera anclado a la necesidad de ser perdonado.

La maldición del pan

  • Así como Jesús nos bendijo con el pan, en este relato el pan parece ser un objeto de maldiciones. Alguien les lanzó una maldición al joven protagonista, aún más joven de lo que es en el momento del relato, y a su amigo. Dos insípidos delincuentes reciben una especie de sortilegio, y deben robar pan. DEBEN hacerlo. ¿Por qué? Ni idea. Pero no lo hacen. Confieso haber soltado una buena carcajada cuando asaltaron el McDonald’s, por lo absurdo de la situación.

Es un buen libro, o al menos, en las setenta páginas que llevo leídas. Es interesante, extraño, novedoso. Me ha gustado.

Arde Chile: luchas por un líder imaginario

Caminar hoy por las calles de Santiago implica atravesar por un campo minado de bombas lacrimógenas, de humo y grafitis con mensajes que exhortan a seguir con la lucha. Pero cabría preguntarse, ¿qué lucha es esa? No parecía haber señales aparentes en los últimos años como para llegar a un punto tan álgido que el país entero terminara detenido. El metro incinerado, los caminos cortados, los supermercados saqueados, la aplicación del toque de queda en un estado de excepción constitucional, y los militares resguardando las calles y disparando a quemarropa eran un panorama que no se veía desde hace décadas. Pero aquí radica, precisamente, el quid del asunto, puesto que alguna vez se vio esta misma escena, y no es una absoluta novedad para casi nadie. Los chilenos crearon un imaginario colectivo con un líder ideal que nunca llegaría. El imaginario colectivo de Chile oscila entre el anhelo del líder ideal y su decepción Resulta una suerte de dejà vú que estamos condenados a contemplar.

Ciudadanos arrojan piedras, reciben disparos, pierden los ojos y siguen luchando. Se tendería con esto a pensar que Alonso de Ercilla tenía razón al afirmar en su poema que “la gente que produce es tan granada, soberbia, gallarda y belicosa” cuando describía al hombre de Arauco—de ese “Arauco no domado”—, que más tarde se convertiría en el pueblo chileno.

 Sin embargo, resulta evidente que ese araucano, progenitor del chileno de hoy, al que muchos evocan con la bandera mapuche flameante en las protestas, no tenía noción de sí mismo antes de Ercilla. Dicho de otro modo, no había araucanos antes de que otros los señalaran como tales. Con la obra magna de Ercilla, el concepto identitario mapuche, y más tarde chileno (con todo lo que ello implica), cobró vida. En un origen, Chile no era sino un conjunto de etnias, de tribus, de pueblos repartidos a lo largo y ancho de su geografía. Pero considerando que la literatura tiene como fin la inmortalidad, —un fruto que ninguna ciencia empírica ha logrado alcanzar— al encomendarle a don Alonso de Ercilla que escriba este cantar épico, consagró el origen de Chile a un poema. Se puede, entonces, afirmar que la nación chilena nació de un mito, y sus próceres no son sino personajes literarios.

Carrera, O’Higgins, todos ellos alguna vez existieron, no cabe duda, y fueron seres de carne y hueso como cualquier otro que cruzó por los anales de los hechos pasados sin más pena ni gloria. que un dato estadístico. Pensaron, soñaron y tuvieron pesadillas. Comieron, digirieron la comida, y probablemente temblaban de miedo ante la idea de morir. Manuel Rodríguez pudo haber sido un miserable quizá (no existe, tampoco, certeza absoluta de sus intenciones bienhechoras), pero esta nación no exige realidad, sino literatura. Es el tenor con que sentó sus bases en el origen primero, “no a las damas, amor, no gentilezas, de caballeros canto enamorado”. El hombre que rechaza “los regalos, las muestras y ternezas de amorosos afectos y cuidados” puesto que tiene una misión más grande que cumplir. Esa la mitificación más pura del hombre viril y fuerte, adaptada a los tiempos que fueron corriendo, se arraigaba a la mentalidad de los chilenos.

Por ejemplo, todos aprendemos en el colegio que Arturo Prat fue abogado, buen marido, marino y hombre de fe, que a todas luces debía ser considerado un santo. Es curioso, no obstante, que todas las virtudes que se le atribuyan eran, precisamente, las virtudes elogiables en esa época. Al pedir a un héroe, la nación exigía a un héroe virtuoso, que correspondiera con la imagen idílica que ellos consideraban que debía tener un líder.

 En 1891, tras una guerra civil de proporciones inconmensurables en cuanto a sus resultados en la sociedad, se instaura un régimen oligárquico; un pseudo-parlamentarismo, o, mejor dicho, un triste intento de imitar el régimen parlamentario británico. Y otra vez, la gente empezó a buscar a alguien en quien depositar su fe y esperanzas redentoras, algo así como un caudillo político para la clase popular. Cuando El León de Tarapacá abrió sus fauces, su chusma querida ya entonaba al unísono el “Cielito lindo”. Aquello no duró mucho tiempo, y fue un cúmulo de vaivenes políticos que culminaron en una nueva Constitución, la del 1925, y la búsqueda de un nuevo líder. Luego de la dictadura de Ibáñez, el sentimiento de anhelo hacia un líder mítico, legendario y virtuoso se empezó a tornar una necesidad imperiosa y cada vez más potente. Todos afirmaban que serían los nuevos reformadores, y que, con ello, cambiarían a la clase política.

 Es sabido lo que ocurrió en 1970 en Chile. Y no solo se sabe en nuestro país; todo el mundo tenía los ojos estupefactos clavados en el primer estado que, por la voluntad de la democracia, escogía a un soberano del Partido Socialista. Y es preciso recalcar que ese hito estaba marcado por la búsqueda romántica de un líder legendario que hasta el momento no habían podido encontrar. El socialismo, al parecer, se acercaba más a los cantares épicos que cualquier otro partido. Pero como toda burbuja que se infla con aire, acaba por reventar. Allende cayó, pero con la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte se dio lugar, otra vez, al surgimiento de la idea fantasiosa y soñadora que tenía la nación chilena sobre un gobierno ideal. Un gobierno que no llegó cuando llegó la democracia.

En Chile existe una tendencia a construir mitos, supersticiones, cuentos y leyendas. Es cosa de mirar la cultura popular, y el tipo de religiosidad que se vive en los pueblos. Creer genuinamente en estatuillas, en altares, o en indulgencias plenarias por ir a peregrinaciones es signo evidente de una cultura cuya imaginería tiene un cariz preponderante. Eso también pudo haber facilitado a la población chilena crear un imaginario colectivo sólido. Sencillo resulta, en términos intelectuales, pasar de la idea de adorar a una virgen perfecta en altares a un héroe patrio ficticio.

Pero ese héroe no llegó. Chile se quedó toda la época de la dictadura esperando el retorno a la democracia, luchando por ello y dando todo de sí “por la vida y por la paz”, para nada. Por ese motivo es que hoy arde Santiago.

¿Es realmente la PSU lo que debemos cambiar?

Podría denominarse un contenido vox populi, —en la voz del pueblo—, el carácter injusto de la PSU. Pero no creo que ese sea el sentido correcto para definirla; más que injusta, podría ser una evaluación poco equitativa. Distribuye, en un sentido de justicia más bien teleológica o aristotélica (ordenado a ciertos fines; en este caso, el ingreso a la universidad) un puntaje determinado, respondiendo también a ciertas características socioculturales. ¿Cómo van a saber resolver determinado ejercicio matemático quienes nunca tuvieron reforzamiento escolar con buenos profesores, ni tomaban desayuno en la mañana, y su almuerzo consistía en tallarines y pan, porque no alcanzaba para más? ¿Van a rendir una mejor prueba quienes no tenían problemas con sus padres alcohólicos, quienes no fueron abandonados, quienes tuvieron profesores que los apoyaron y que sabían que serían capaces de todo? Sin duda. Pero eso no lo va a suplir un nuevo sistema de admisión universitaria, sino más bien una nueva estructura educacional a nivel país. 

Bastones, ruedas y oídos sordos

Cuando me enteré, por casualidad, que en diciembre se celebraba el “día de la discapacidad”, no pude evitar fruncir el ceño un instante y dudar de la veracidad de la fecha. Google me confirmó: efectivamente, el 3 de diciembre es una fecha para conmemorar que ciertas personas no pueden ver, o no pueden oír, o no pueden caminar, y por eso, al parecer, son muy esforzadas, perseverantes y talentosas. Sin embargo, creo que —ignorando el posible cinismo de muchos ante lo que se aparenta y lo que efectivamente se hace— con ello el foco está puesto en un lugar errado. Una persona en situación de discapacidad lucha toda su vida por ver la vida como la ven los demás, oír hacia ellos las palabras de aliento y esperanza que siempre han escuchado que les dicen a otros y caminar a paso firme hacia un futuro prometedor.

Pero a veces eso cuesta más, y no es el obstáculo lo que se ha de festejar, porque nadie es perseverante por el hecho de tener más dificultades que el resto; se es perseverante por superarlas, por tener ímpetu de lucha y querer surgir. Romantizar la discapacidad y buscar el lado heroico del hecho de tener más trabas para ciertos objetivos, lejos de incluir, segrega. Establece diferencias entre la “gente normal” y el “pobrecito” al que miran con una mezcla de falsa admiración y morbo, el mismo que hacía que la gente sintonizara los canales nacionales para ver la Teletón. 

¿Qué se escribe cuando se escribe poesía?

Dijo alguna vez Bolaño que los mejores éxtasis están escritos en prosa. No lo creo. La prosa escribe racionalmente, dicta las palabras en un orden concreto, estipulado a partir de un canon riguroso que genera un resultado específico. Digámoslo así: es una máquina que de cuando en cuando se vuelve siniestra, pero que, al fin y al cabo, no es sino una fábrica de ideas al estilo fordiano, donde pone a trabajar sistemáticamente a cada región de la mente para construir un todo singularísimo. Pero la poesía, ¿qué es poesía? Es como cuando Gonzalo Rojas, el poeta (distíngase del historiador y antiguo profesor de cátedra de mi facultad, pues no es el mismo) se preguntaba, medio soñando, medio despierto, “¿qué se ama cuando se ama?”.

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios? ¿la luz de la vida, la luz terrible de la vida o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla? ¿Qué es eso, amor?

Y yo me pregunto entonces, ¿qué se hace cuando se hace poesía? ¿Qué se dice, qué se intenta? ¿Puedo crear acaso un papel atiborrado de lágrimas y sueños y desdenes y alegrías, y llamarlo poema y decirle en un susurro “eres arte y alma mía”?

No importa ya que las palabras dichas rimen, ni importa tampoco la métrica y esas cosas. La verdad es que a mí en lo particular eso me tiene sin cuidado; el arte no debe estar constreñido a reglas específicas ni mucho menos leyes taxativas. Es libertad pura. Es fugaz, un relámpago que de pronto plasma lo que hay dentro, como si quisiera estallar y gritar en mil fragmentos “¡aquí estoy! ¡esto soy!” Soy y existo. Soy. Nada más que eso.

 Pero preguntémonos ¿qué es poesía, y por qué digo que vence a la prosa? Mi respuesta, en la inmediatez, es que la poesía es atemporal. Evoca, de cierta forma, a la vez en la que Sábato afirmaba que el arte es un tipo de ciencia que no cabía dentro de las ciencias exactas, porque constituía una misma imagen arraigada en lo más hondo del inconsciente humano, una sola imagen; era siempre la misma. Está claro que podía mirársela desde distintos puntos de vista, en eso constituye la originalidad, pero Sábato insistía en que esa imagen era unívoca en el inconsciente de las personas, citando a Freud y hablando de cómo percibimos las mismas emociones, los mismos temores e inquietudes en su versión primaria que los hombres de a lo largo de la historia. Decía, muy seguro de sí, y de cierto modo puedo encontrar verdad en sus dichos, que no es inferior el arte Homérico del arte de Joyce, por mucho que se haya recorrido un gran trayecto evolutivo en la teoría literaria desde un punto y el otro. El arte no tiene tiempo.

 La poesía no tiene tiempo. Es la unidad, vista desde las más inimaginables perspectivas posibles, para abarcar algo que no puede concebirse en su totalidad por la mente humana con solo mirarlo un instante. Recordemos ese instante en el que Marx le escribía a su amigo Engels, y le decía lo mucho que le sorprendía que lo que planteaba Sófocles en su obra se parecían a las condiciones que él había visto en su propio siglo. La respuesta es clara: las inquietudes más propias del hombre no tienen tiempo ni lugar, simplemente son.

Y eso, precisamente, ese arte, ese ser, ese devenir de las cosas desde un inconsciente que a duras penas subsiste sobre la mente irracional del hombre, es lo que plasma el arte, y de una u otra forma, la buena poesía.

¿Qué es, entonces, poesía?

Es una ventana desde la mente, desde el alma, hasta el resto del mundo.

Los Miserables y la justicia

Debo decir, a modo de confesión de lector compungido, que tengo un libro predilecto. No sé si es bueno aquello, pero lo dudo. Uno no debería tener preferencias tan marcadas entre tantos autores y libros que han pasado por la vida de uno, y han marcado el alma perennemente, dejándola para siempre con su rastro. Sin embargo, ahí está, en la estantería, ese grueso volumen de Víctor Hugo. Los Miserables. Algunos dicen que tiene muchos detalles, pero es precisamente eso lo que hace que el libro sea fascinante. A partir de lo que otros consideran “detalles excesivos”, el autor construye un contexto previo, un lugar del cual surgen personajes determinados, y tienen que enfrentarse a ese submundo, contradecirlo o someterse a éste, y luchar por sus propios intereses; sea en un convento, en un obispado, en los suburbios de París, en una revolución siendo nieto de burgués y padre condecorado por Napoleón, o tantos otros lugares y momentos que van enfrentando a los personajes y haciéndolos luchar por lo que es suyo.

¿Y qué es lo suyo?

Hay veces, eso sí (y es el único gran defecto que pude encontrarle al libro), en las que me parecía que Víctor Hugo era un tanto maniqueo. Teñía el paisaje de un blanco o negro absoluto, sin dejar muchos matices entre medio. El bien versus el mal, y nada más, se enfrentaban en una lucha sin igual, en pos de obtener cada cual lo que les perteneciese.

E insisto: ¿qué era aquello que les pertenecía? ¿Cuáles eran los anhelos particulares de cada personaje?

Podría decirse que eran muchísimos, tantos o más como individuos figuraran en la novela. Sin embargo, yo creo que pueden reducirse a uno solo: justicia.

Es un libro que trata sobre la justicia, que, si seguimos la definición de Ulpiano, no es sino “dar a cada cual lo suyo”.

Amor, redención, paz, seguridad, orden social, restitución política, abundancia, venganza.

Lo que sea.

Justicia.

Todos y cada uno (la Constitución práctica)

Pareciera que todos ansían generar cambios grandes en una Constitución poco legítima, y eliminar aquellos aspectos que evocan al régimen autoritario e ilegítimo de la Junta Militar. A pesar de todo eso, olvidan que son varios de estos elementos, precisamente, los que han generado una estabilidad relativa y ficta. Aparentemente, como una mímesis a la burbuja inmobiliaria de EE. UU en 2008, creíamos estar en un paraíso ajeno a la realidad mundial, en esta pretensión simulada de armonía social. Y como vimos, explotó todo como una bomba de tiempo.

Tic, tac.

Los problemas se pueden enfocar desde muchos aspectos, pero uno de ellos puede distinguirse mediante una aparente minucia de la Carta Fundamental. El capítulo primero sienta los principios esenciales del resto de la ley, lo que resulta una clave interpretativa para los capítulos posteriores. Y es aquí, precisamente, donde está la siguiente frase: 

 “[…]a todos y cada uno (…)

Con “todos y cada uno”, se refiere, primero, a la totalidad de la ciudadanía como un colectivo; a garantizar los derechos de la misma colectividad y de preocuparse de este conjunto como un todo. Pero, por otro lado, está el “cada uno”, es decir, el individuo, el ser particular y concreto; la persona natural.   

Según esto, la Constitución no adoptaría, teóricamente, ninguna parcialidad por sobre los derechos individuales o colectivos. No obstante, en cuanto a la realidad fáctica, eso no es algo que se haya dado por manifiesto. La ciudadanía no lo percibió de ese modo, porque no se expresó jurídicamente de ese modo. Se quedó en la teoría, en las palabras dichas al aire, y olvidaron llevarlas a una concreción empírica que pedía a gritos ser materializada.

La CPR no está para teorizarla solamente; también tiene un fin práctico (que no debe confundirse con un pragmatismo utilitarista) con el cual debe aplicar en la realidad del ciudadano en cuanto se relaciona con la jurisdicción estatal, y con todo tipo de ejecución del Estado de Derecho. 

¿Qué es el arte? – una perspectiva filosófica

El arte consiste en una materialización de la realidad, pero no como algo genérico; es decir, no capta la realidad tal y como es, porque nadie es ni sería capaz de hacer algo así. Nadie conoce “lo que existe” del modo tal en que está; sería exceder nuestra categoría de meros espectadores de un universo con creces superior a uno. Me explico con un ejemplo: digamos que estamos en un bosque, que es grande, inmenso, tan vasto como la existencia misma, y en ese bosque hay un sinfín de cosas, cada una de una complejidad sublime. Pero nosotros, insertos en ese bosque, no podemos describirlas todas, puesto que habría que pararse en todos los puntos del bosque, y eso sería imposible, como es evidente. Pero dentro de lo que podemos abarcar, ver y percibir, depende de nosotros con cuánta precisión describamos la realidad, y cómo se la contemos a quienes estén en otros sitios del bosque.

El arte, de este modo, es esa materialización de nuestra realidad, de la existencia particular y personal del individuo, presentado en una obra, sea cual sea el formato que utilice. Pero esto que llamo “formato” (que puede consistir en una forma literaria, o musical, o plástica, o pictórica, entre muchas otras) no es sino eso, un instrumento o un medio a través del cual se transporta lo que existe, de la forma percibida por el artista, al resto del mundo.

Los filósofos aristotélico-tomistas hablaban del concepto de abstracción, donde el intelecto agente (nuestra cabeza, mente, la “testa” o la mollera o como quieran llamarlo) ilumina el objeto y lo abstrae, haciendo de un ente singularísimo un concepto universal. Sin embargo, esta universalidad está dada según la comprensión de cada cual.

Veamos la siguiente imagen:

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A partir de esta imagen, luego de generarse un concepto (universal y absoluto) se genera algo posterior, el juicio. El concepto, en este caso, sería “muro de Berlín” y el juicio vendría a ser todo lo que pueda ser susceptible de verdad o error. “Confinamiento, comunismo, Guerra Fría”. “Horror, miseria, felicidad, libertad, esclavitud, alegría, tristeza”. Esto depende de cada cual, de su perspectiva. De algún modo, también, de la perspectiva del artista.

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Roberto Matta, 1974

 No es lo mismo mirar la realidad chilena de la época de la dictadura desde unos ojos u otros. No es lo mismo pintar como Roberto Matta que como Gracia Barrios, por decir algo.

Gracia Barrios, pintora chilena

No es lo mismo mirar la segunda guerra mundial desde uno u otros ojos tampoco. No es lo mismo Frederick Hagan que Edouard Vuillard.

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Edouard Vuillard, 1940

No es lo mismo el juicio desde el concepto de un sujeto que el de otro, porque ninguno va a ser réplica de su semejante, jamás. ¿Por qué?

No tengo idea.

Pero por eso, el arte es único, intrínseco a cada cual, inherente al hombre, que sale y se desprende de éste de un modo u otro. Algunos lo reprimen, lo guardan muy adentro para que jamás salga a la luz. Pero sale, siempre sale, y no podemos evitarlo.

¿Somos verdaderamente libres?

Hasta hace pocos instantes, pensaba que no había nadie más libre que un joven universitario. Podemos disponer, relativamente, sobre nuestro tiempo; cuánto estudiar y cuánto no, a qué clases asistir en desmedro de qué otras, a qué fiestas ir, con qué amigos juntarnos, a quiénes oír. Somos libres de forjar un camino en pos de ese destino que venimos soñando desde hace algún tiempo, pensaba. Así que me dispuse a escribir una entrada de blog sobre eso. Pero luego, al plantarme frente a la pantalla en blanco, a la tabula rasa (como diría Aristóteles), me doy cuenta, súbitamente, que no somos libres, sino tan esclavos como cualquiera.

Ese futuro que queremos forjar está, precisamente, en nuestras manos. Y para obtenerlo, tenemos que atenernos a él, “esclavizarnos” a ese camino, a esos pasos para alcanzarlo. Y luego, seremos esclavos de ese mismo destino, atados a una existencia monótona, de rutinas constantes, de días repetidos que asemejan, de alguna forma u otra, a una suerte de dejà vú, cosa que, desde luego, nosotros mismos escogimos. Nos pondremos de pie en la mañana, ataremos, cual soga de la horca, una corbata a nuestro cuello, y partiremos a una oficina a deslomarnos por un sueldo de hambre, o quizá no tan de hambre, pero nunca lo suficiente como para dejarnos conformes. ¿Y qué pasaría, pensaremos, si es que hubiéramos escogido la libertad? La libertad, en su máximo esplendor, en su máximo despojo de ataduras, nos habría llevado a la desgracia y la miseria. A anhelar, finamente, eso que nosotros estamos llamando ahora “esclavitud”.

 No somos libres, pero no queremos serlo. Nadie quiere andar por la vida sin someterse a los parámetros que esta misma le otorga.