La peste, Albert Camus [PDF]

  • El libro es un presagio, francamente, de la situación actual. Pero estadísticamente, tocaba que alguien le apuntara a cómo iban a darse las circunstancias ante una catástrofe a nivel global, o al menos, a un nivel que exceda los límites de lo particular. Con tanta ficción referente al futuro y las pandemias, al menos uno, un autor que sea, debía escribir algo que calzara con lo que realmente acabaría por ocurrir. Ese autor fue Camus.

  • Hay una frase que me hubiera gustado subrayar en el libro, pero no pude hacerlo porque lo leí en formato Kindle. Pero decía más o menos así: “si queremos actuar como si nos estuviésemos muriendo, entonces moriremos en realidad“.
  • De algún modo, es un llamado imperativo a decir que la vida sigue. Es un exhorto a hacernos funcionar y a continuar con ese avance constante de todo aquello que nos hace humanos.
Una sociedad en transición | Nueva Revista
  • Otro aspecto importante es cuando habla de la abstracción versus la concreción empírica.
    • Cuando el personaje del periodista increpa al médico, quien no lo autoriza a salir de la ciudad en cuarentena, se generan varios elementos interesantes en ese diálogo, pero principalmente, me parece que destaca cuando el periodista le dice algo así como: “usted no sabe lo que es realmente esta pandemia, usted ha vivido siempre en lo abstracto, en la teoría”.
    • Para sus adentros, el médico no cree que así haya sido. Él piensa que haber convivido con los enfermos es una manifestación del pragmatismo y empirismo con que ha llevado a cabo su trabajo, pero no es así.
    • En realidad, el periodista tiene razón. El médico ha convivido con “los enfermos”, sí, pero no con “Juan”, “Pedro o “Diego”, por decirlo. No conoce de forma íntima y concreta la vida de cada cual (a excepción tal vez del portero del hospital, que es el único caso). Es decir, ha estado ante cifras y números, no ante personas. Y ante las cifras y números nos comportamos de forma distinta. Así ha sido siempre.
    • Por eso, en parte, no lo ha dejado salir. Porque está protegiendo no a la ciudad en sí, sino a la cifra que la ciudad representa.

Tempestades de acero, Ernst Jünger [PDF]

  • Un poco sobre el autor
  • Era un tipo tan genial que los nazis llamaron “anarcomarxistas” y los comunistas llamaron “protonazi”. En síntesis, es la viva encarnación del amarillismo político, el precursor de la doctrina centrista que vino a encarnar, más tarde, una clase política decadente. Desde luego que Jünger ignoraba ese futuro drástico para su – llamémosla así – ideología. Pobre de él.
  • En todo caso, estaba muy influenciado por Nietzsche, lo que se ve claramente reflejado en su obra.
  • Acá hay una buena entrevista a este ser humano.

Ahora, la reseña

  • El libro comienza cuando el personaje principal llega a las trincheras y las actividades que ve realizar se le hacen ridículas. Él no está acostumbrado a eso; sin necesariamente presentarse al lector como un “hijito de papá” (aunque más tarde se señale que los otros soldados se referían a su grupo como los “voluntariosos de guerra”, formando un juego de palabras en alemán), sí tenía ciertas comodidades en su vida. Como diría más adelante, en ningún caso conoció verdaderamente lo que era el trabajo duro.
  • Sin embargo, la Guerra llega a enseñar sus garras prontamente, y se quita su máscara amable, en palabras del narrador.
    • ¿Qué máscara amable, acaso? ¿La tuvo alguna vez? Quizá, para una juventud brutal y ensalzadora de las virtudes viriles: la fuerza, la resistencia y la dureza de cuerpo y de alma. Eso parecía estar enaltecido de un modo casi romántico. No, no “casi”. Era puramente romántica la manera en que los jóvenes querían guerra, morir por la patria y esas cosas.
    • Pero eran también jóvenes asustadizos, temerosos y con sus evidentes debilidades, de modo que aquello no resultaba sino una impostura. Algo social. Algo que demostrar.
    • ¿Y cuándo se les caía el telón, entonces? Cuando la guerra enseñaba sus garras. Cuando veían la sangre y el dolor, los alaridos y los gritos del sopor de la batalla.
  • El enemigo se les pintaba a estos jóvenes como un ser “lleno de perfidia”. Y francamente parecían creerlo, como si olvidaran que detrás del campo de batalla, en la otra trinchera, habían chicos tan asustados como ellos, con familias también y sueños e ilusiones.
    • Pero acabarían por darse cuenta. Véase la tregua de Navidad. Es un claro ejemplo de ello.
  • El servicio parecía ser agotador, de rutinas que comenzaban al anochecer, y se dormía de a turnos. Sin embargo, en un principio, los muchachos aún albergaban la esperanza de participar en un ataque. El lector ya desde un comienzo los mira con lastimero paternalismo. Pobres de ellos.

Los últimos días de nuestros padres, de Joël Dicker [PDF]

Primero, un breve comentario.

  • Este libro cuenta la historia de Paul-Émile, al que todos llaman Palo, quien se despide amorosamente de un padre que lo ama – y al que ama – para partir a la guerra.
  • ¿Qué lo motiva a partir? ¿Qué es lo que lo hace capaz de desgarrar el corazón de su progenitor y embarcarse hacia el combate feroz? No lo sé. Amor a la patria, tal vez, aunque no lo deja demasiado en claro. A veces me parece que es más una forma de decirle al mundo, o de decirse a sí mismo, que está haciendo lo que corresponde. Me da la sensación que si no hubiera partido, se sentiría un fracaso; que estaría viviendo una rutina que no le pertenecía. Partir a la guerra lo convertiría en hombre, lo haría vivir con un propósito.
  • Pero Palo sabía, desde un inicio, que no regresaría. Desde que, en un inicio, rechazó la posibilidad de llevarse las llaves del piso para el regreso. “Se me podrían perder”, dijo. O algo así. “Temo perderlas”, pudo haber dicho también. No recuerdo la cita exacta. No importa.
  • Vivió los últimos días junto a su padre con la conciencia clara de que partía a morir.
  • Se embarcó en los servicios de inteligencia, casi por inercia, casi por casualidad. Conoció el amor, la amistad, el dolor, todo eso. Vio morir a sus compañeros. Pasó hambre. Pasó frío. Pero, ¿por qué? Porque era lo correcto. Sin embargo, ¿acaso no habría sido más correcto no destrozarle el alma al padre, al que nunca pudo escribir?

Crítica/comentario: El tiempo entre costuras, de María Dueñas

Contexto: una amiga me pidió que le dijera qué me parece el libro, a modo de juzgar si leerlo o no. Esta es mi respuesta.

El libro no es de esos que merecen llamarse “obra maestra”, y la prosa, según recuerdo (hace años ya que lo leí) era un poco descuidada, pero que cumplía su propósito de contar historias y, con ello, de sumergir al lector en un relato ameno y vívido.

Con vívido me refiero, principalmente, a la facultad que tienen ciertas obras literarias a hacer que las letras, con su respectiva grafología hecha a base de tinta y símbolos, se pierdan en imágenes. Con la página frente a los ojos, ya no hay tinta, ya no hay letras, y poco a poco se empieza a dibujar una escena en Marruecos, África. Pero no, no; en un principio no es África, sino un pequeño pueblo español, con una mujer tonta, realmente tonta, que uno quiere zarandear por sus malas decisiones.

Acompañando a la protagonista (ya olvidé su nombre), uno es espectador de un desfile de personajes redondos, sin esos arquetipos clásicos y clichés que abundan en las novelitas tipo best-seller. No, en este caso, María Dueñas apunta un poco más alto, y crea personas reales, con sueños, ilusiones, deseos profundos de trascender a lo que es meramente literario.

Pero insisto, aún no llega al nivel de obra maestra. Es simplemente una buena historia, bien construida, un poco extravagante de rato en rato (cuando aparecen los indicios del espionaje y los agentes secretos de la Corona, confieso que en mi rostro se dibujó una mueca de disgusto), pero es entretenida al fin y al cabo.

La Guerra Civil española, además, no se vivió solo en el cenit del conflicto. Desde fuera, el sufrimiento, el dolor y la expectativa pudo haber sido similar. Esta es la imagen de ello.

¿Conclusión? Léela, Ita. No vas a perder nada. Tampoco sé si es demasiado lo que se gana, pero a veces, un buen rato (digamos, un rato agradable y distendido) es lo que importa finalmente.

El sentido último de todos nosotros

Vivimos una era que en principio puede parecer extraña, donde las verdades absolutas han sido llevadas al cuestionamiento más agudo y al escrutinio más receloso posible, pero a la vez, como siempre ocurre en la historia, estas han sido reemplazadas por otras verdades absolutas, por otros axiomas cuya veracidad no puede ser puesta en tela de juicio. Sin embargo, por muy extraño que suene, por muy radical y terrible, es algo que siempre nos ha definido como sociedad que evoluciona, pero por alguna razón – que, por cierto, sería lo que sí me parece extraña – lo olvidamos. Es como si no tuviéramos memoria. Aunque, en realidad, ¿cómo podríamos tenerla, si es que el promedio de vida de un ser humano es de 70-80 años, noventa a lo sumo?

«Algunas cosas se hacen tan nuestras que las olvidamos».
Antonio Porchia, escritor argentino.

El ser humano, por su parte, siempre ha tendido a la inmortalidad que no logra alcanzar en este mundo. Intenta, desesperado, trascender en lo material; ya sea escribiendo, pintando, enseñando, procreando o, digamos, manifestando de las mil y una formas posibles su anhelo de quedarse aquí. Y nosotros, la humanidad que vive, vivimos sobre los cimientos de aquellos que pensaron y vieron y reflexionaron y cantaron mucho antes de nuestra llegada. ¿Y qué podemos hacer para rescatarlos? Leer sus obras, cantar sus cantos, escudriñar cada fragmento de los lienzos que pintaron, y así, solo así, nos daremos cuenta de que ellos fueron iguales a nosotros, sin saberlo, sin que nadie lo diga más que en un susurro silencioso, casi triste, casi nostálgico. El mundo está cambiando, ¿qué duda cabe? Pero el mundo siempre cambia, y eso es algo que solemos olvidar. Las generaciones siempre luchan, los proletarios siempre se han rebelado, incluso antes del siglo XIX, cuando, en palabras de Carlos Marx, “un fantasma recorría Europa”. ¿Y qué son los fantasmas si no los espíritus de aquellos que se han ido, o los restos inmateriales de quienes antes fueron materia y forma en unidad? Todo esto, toda esta tragedia que vivimos hoy no es sino la tragedia que fuimos construyendo, escena por escena, acto por acto, esperando un Deus Ex Machina que nunca vendría y jamás pretendió llegar. Porque estamos solos, enfrentando al destino. A veces, en un alarde de ser Plauto, mezclamos comedia en el llanto más amargo, y sonreímos. Pero es una sonrisa igual a la de los actores griegos y romanos: es una máscara. La ubicamos frente a nuestro rostro, un rostro que llora a lágrima viva, y sacamos carcajadas al público expectante. Somos hijos de nuestra era, de nuestro tiempo, y ese tiempo se sustenta en miles y cientos de años atrás.

Las verdades que hoy pregonamos, ¿qué son, acaso, aparte de verdades que hemos construido para enfrentar el legado de nuestros padres? Y las ideologías que hoy presentamos, que se yerguen frente a uno, sólidas, duras y robustas, son plantillas prefabricadas que nos entregan un paquete de creencias e ideas con las que podemos dar la cara a la sociedad de la que somos hijos, y con ello, enrostrar a nuestros padres y a los padres de éstos, y a sus abuelos, y a los abuelos de estos, que en una hilera larga de generaciones deciden observar, taciturnos, cómo cambiamos lo que ellos cambiaron alguna vez. Pero en eso consiste la historia. Es un proceso dialéctico, Hegel ya lo dijo, y yo vuelvo a señalarlo. Es dinámica. Es evolutiva en todo sentido, dándole a la existencia del hombre un rol crucial y prescindible a la vez. Parecemos formar una unidad, y cada actuar de quienes lo integran van alterando esta red determinada, esencialmente, por decisiones. Pero si cae uno, no se desintegra, porque todos somos prescindibles, tenemos fecha de vencimiento, y por eso, precisamente por eso, es que queremos trascender en el mundo. Dejar un legado, eso pareciera ser el sentido último que buscamos, más que la superación personal o la realización última de cada cual. Queremos ser recordados, aún cuando, muy en el fondo, sabemos que poco a poco se irá cayendo en el olvido.

¿Y qué decir ante eso? Que el mundo, efectivamente, está cambiando, como siempre lo ha hecho, y no es ninguna novedad que las antiguas instituciones quieran ser reformadas por los nuevos y mantenidas en pie por los viejos. A veces, eso sí, siento que soy más vieja que nueva, a pesar de mis pocos años. Miro este mundo, y es como si hubiera estado siempre aquí. Es como si esa cordillera que tengo frente a mis ojos fuera mi cuna desde tiempos sin memoria, sin historia, sin pasado, y como si yo y la tierra fuéramos uno. Pero no lo somos. Llegué a este mundo veintiún años atrás, y quiero seguir acá, formando historia, forjando lazos con gente que valga la pena.

«El amor a la vida es esencialmente tan incomunicable como el dolor»
Scott Fitzgerald

Quiero vivir, y para eso, debo despegar la mirada de la idea de la trascendencia. Eso está para aquellos que ven la vida como un viaje destinado a acabarse (y bien que puede entenderse desde esa perspectiva), pero yo, en lo personal, prefiero buscar la superación como persona, la realización individual y de mi entorno, y con ello, hacer lo que esté dentro de la esfera de mis posibilidades para dar más amor, más cariño y más goce a aquellos que, al menos según como lo entiendo, les importo y me importan recíprocamente. Eso es lo que vale. Eso es lo que siempre ha valido, lo único y realmente importante.

No sé que quiero decir con esto, y quizá, lo más probable, es que no quiera decir nada. Es solo un mensaje de esos tantos que se lanzan al mundo en forma de pensamiento, de idea, de razón irracional que pretende, de alguna forma, dejar por escrito lo que no tendría por qué escribirse.

¿De qué sirve la historia?

  • ¿Por qué importa la historia? Hoy en día más que nunca eso es una pregunta relevante. No es lo mismo, para un estudiante común, para un adolescente o para un niño, preguntarse “¿cuál es el fin de estudiar la historia?” en el 2010, por ejemplo, en el 2008, o ahora. Hoy es un tiempo crucial. Tal vez, pienso, lo vemos como evidente, más que en otras épocas. Sin embargo, aún cabe la formulación de la pregunta, que en tiempos de paz tanto nos atormentó, y hoy aparece con una claridad casi sublime.
  • ¿Por qué importa la historia, entonces? La respuesta que siempre he intentado dar se relaciona con “aprender del pasado para mejorar el presente y cambiar el futuro”. Pero eso es un cliché. No tiene gracia. La gracia está en descubrir algo nuevo a partir de eso.
  • Hoy vivimos en una crisis social, política, económica, sanitaria, humana y jurídica. Pero, independiente de los aspectos eminentemente biológicos que entraron en el panorama – la irrupción del Covid19, para ser precisos – lo que vivimos son las consecuencias de un resultado histórico, de un desencadenamiento de hechos que nos ha traído hasta donde estamos.
  • ¿Dónde podemos marcar el inicio de los problemas? ¿Con Pinochet? ¿Con Allende? ¿Frei, tal vez? Es posible irse más atrás, incluso. Y si queremos explicar esos hechos, anteriores al inicio, podríamos remontarnos a tiempos aún más antiguos. Hasta el inicio de todo. ¿Y cuál es el inicio de todo? No lo sé, la verdad. Supongo que hay distintas doctrinas, pero la mía tiende a manifestar la distinción entre un origen ontológico y un origen cronológico.
  • En términos históricos, tal vez un tanto materialistas y reduccionistas, la causa de los problemas actuales se remite a un origen en el orden de la cronología de los hechos (esto pasó primero, esto pasó después). Pero hay otro tipo de historia, la verdad. Una historia que pocos consideran: la historia de las ideas.
  • ¿Qué idea partió primero, y qué idea le siguió? ¿Cómo se conectan ambas? ¿Cómo llegar desde esta cosmovisión al paradigma mundial contemporáneo?
  • Esas preguntas, fundamentalmente, se responden a través de un entendimiento cabal de los procesos históricos. Porque cada autor es hijo de su tiempo, cada cabeza pensante está arraigada, de cierto modo, al mundo, y no podemos desprenderla de éste.
  • El hombre es un ser eminentemente histórico. Estamos ligados a la tierra y al mundo, a la sociedad y a los sucesos que acontecen, y eso nos va marcando, poco a poco, pedazo a pedazo. Somos, al fin y al cabo, historia. Todos nosotros.

Cuestión de principios: pequeña crítica a Cristián Warnken

En una columna de hace varios meses, Warnken afirma lo siguiente: Hay una diferencia de grado entre el “polemizar”, que consiste en imponerse a través de formas efectistas en la discusión (y muchas veces destruir o “matar” al interlocutor), y el diálogo, que es un hablar atento a la verdad. El lenguaje no es un instrumento para engañarse recíprocamente, un recurso para la lucha, sino para el entendimiento y la comunicación.

Sin embargo, no veo por qué habría de ser necesariamente algo negativo el hecho de que exista lisa y llanamente una polémica respecto de ciertos hechos, en el sentido que Warnken lo utiliza; es decir, a través de la imposición de las razones (en algunas ocasiones, de maneras efectistas; en otras, simplemente arbitrarias). El diálogo, sin duda, es necesario en casi todo momento, pero, ¿hasta qué punto, cuál es el límite de lo dialogable y lo que no lo es? ¿No hay, o al menos, deberían haber “opiniones de orden público“? (el término es un invento mío, que conste)

Sí, es cierto que suena a algo intolerante, absoluto y arbitrario. Pero si todo es susceptible de discusión, de crítica y de colocarlo en tela de juicio, dispuesto a un escrutinio popular e ignorante, estamos relativizando muchos aspectos que no deberían ser relativos.

Pongamos un ejemplo: imaginemos que nace un niño con Síndrome de Down, y la madre decide que no es capaz de cuidarlo, y teme que, si lo entrega en adopción, va a sufrir. Por tanto, opta por cometer parricidio, y solicita no solo inmunidad, sino un amparo jurídico para ello. ¿Es “discutible”, acaso, esa situación? Sin lugar a dudas, no. No hay espacio al diálogo, sino a la imposición más arbitraria, tajante y mordaz del ordenamiento jurídico: el parricidio es uno de los delitos más graves que tipifica el Código Penal.

Lo mismo ocurre con casos como la necesidad imperiosa de un Estado ordenador del derecho. No podemos conversar si queremos o no Estado de Derecho, por ejemplo, porque de decidir una opción contraria al mismo, ya se eliminarían todas las siguientes posibles discusiones y diálogos; reinaría el caos y la anarquía. Sin embargo, sigue siendo un aspecto polémico en todo su aspecto. Incluso hay intelectuales que, desde el anarquismo, ven una solución a los problemas sociales; pero no podemos darles cabida en la “mesa de diálogo” (generalmente tácita, pero cada vez más expresa) que se genera a la hora de establecer los parámetros de la sociedad civil. Sería, como mínimo, una paradoja en términos sociológicos y políticos.

El diálogo es positivo, es bueno, pero no hay que extrapolarlo para cualquier cosa. Es necesario, a veces, sentar algunos principios, algunos cimientos, sobre los cuales se pueda construir.

Reseña de 11/22/1963 (Stephen King)

  • Hace tiempo que no leía ninguna novela cuando tomé este libro entre mis manos, y me dije “al diablo, voy a leer algo, que no puedo seguir así”. No podía seguir entre ensayos, papers y manuales de derecho, sin sumergirme en esta “realidad virtual” de existencia milenaria, que me separaba del mundo y me permitía introducirme en mundos nuevos.
  • Sin embargo, mis expectativas no estaban demasiado altas. Stephen King es entretenido, sí, pero no excedía de eso. O al menos, no según el precedente del que yo tenía conciencia (It, Cujo, Carrie, Revival y La Tienda de los Deseos Ocultos o algo así).
  • Este libro, sin embargo, rompe con su esquema “terrorífico” y se introduce en una mezcla de CF, fantasía y, lo crean o no, realismo. El personaje que nos entrega como protagonista es sorprendentemente creíble, con una evolución que, si bien a priori no podemos dilucidar bien cómo avanza (digo, empieza a decir “soy un hombre nuevo” tal vez demasiado rápido), al cabo de algunas páginas sí podemos ver cómo Jake Epping va cambiando conforme a los sucesos que le ocurren, tanto externos como internos.
  • Y el suspense… oh, el suspense. Es un libro que produce ganas que llegue la noche, para meterse a la cama y tomarlo entre las manos, abrir sus páginas y empezar a leer. No podía quedarme sin saber qué ocurriría al final, tanto en una subtrama como en la otra (El libro, básicamente, se divide en dos subtramas que ocurren cronológicamente una después de la anterior).
  • Recomendado totalmente. De lo que he leído de King, esto es el mejor relato que ha puesto a nuestra disposición.

El Perfume, de Patrick Süskind. Prólogo para un amigo

Hace algunos meses, le “regalé” a un amigo, para su cumpleaños, un prólogo. Es un regalo un tanto curioso, la verdad, pero era lo que se me ocurría que podía hacer a la distancia. Prologué el libro de El Perfume, y la verdad es que sería bonito compartirlo por acá.

  • Querido Samuel, amigo mío:
    • Recuerdo que cuando chica — creo que siempre me gustaron las metáforas, la verdad, y nunca me importó mucho parecer extraña ante el resto — llegué a devolver este libro a la biblioteca de mi colegio, y al entregárselo a la bibliotecaria, le dije en voz alta: “este libro huele”. No lo decía en serio. Las niñas de básica, sin embargo, corrieron a oler las páginas de un libro que olía… a libro. No les hizo mal, claro está, porque el papel siempre tiene rico aroma, pero no era esa mi intención al hacer la afirmación, con ciertos aires de poeta grandilocuente, de que el libro olía. No, no, para nada. De hecho, es por eso que te lo mando a ti, precisamente (no porque hueles, descarta esa idea ahora mismo); dado que tú eres una persona que siente tan profundamente, tan intensamente como las descripciones que se dan en el libro.
    •  Eres uno de esos individuos que está constantemente alerta de cómo se perciben las cosas en cuanto a los sentidos más propios del ser humano. Tal vez por eso te gustan tanto las alusiones a lo placentero, al goce de aquello que se pueda gozar y al rechazo, al menos en el plano de lo físico, de esos asuntos que no produzcan ningún tipo de placer. Eres alguien profundo, sí, pero que es consciente también de su materialidad, y saca el máximo provecho de ello. Vives la vida y sientes la vida. La percibes, la tocas, la hueles incluso. Pero eso no quita que seas una gran persona, que hayas sido siempre un tipo considerado, pendiente del resto y de sus tribulaciones, acompañando a los amigos al mismo tiempo que te preocupas de ti mismo, e incluso, a veces, desligándote de tus problemas para estar con el otro. En síntesis, tienes un corazón grande.
    • Entonces, si te comparamos con el personaje que te encontrarás en esta breve novela, verás en él a la verdadera antítesis de ti, como si se tratara de un juego del doctor Jekyll y Mr. Hyde, donde Hyde se escondiera en las páginas de un libro. Estamos ante otro ser íntimamente perceptivo (específicamente, respecto a los olores y aromas que hay en el mundo) pero que nació destinado a ser un asco de ser humano. Estaba condenado a ser un ser nefasto, y era como si esa condena viniera con él de forma intrínseca, él nunca se planteó desligarse de ella. Quería obtener lo máximo del mundo en cuanto a los sentidos, sentir lo más que pudiera del mundo, olerlo a más no poder, pero para mal, para fines bajos, sórdidos, terribles.
    • De este modo, lo que plantea el libro es que no tenemos opciones en la vida. Si nacemos destinados a morir en la miseria, moriremos en la miseria. Si nacemos destinados a ser grandes personas, lo seremos. Pero yo no creo eso. Para mí,  el joven Grenouille – el protagonista- no podría existir en la vida real, porque siempre hay una versión de mal y de bien en nuestra alma. Siempre hay una parte de Samuel en todo Grenouille y de Grenouille en todo Samuel. Pero Süskind no plantea eso. Él quiere mostrarnos una visión de mundo empañada por el pesimismo, por el agobio de una vida sin esperanzas. No le creas, Samuel.
    • Aún así, es un gran libro, y espero que mi reseña haya servido para que tengas una idea rauda de éste. No lo sé, porque nunca fui muy buena reseñando; siempre que decía de qué se trataba un libro acababa haciendo que la otra persona perdiera el interés en leerlo. En fin, supongo que este es mi intento más épico por lograr captar el interés de alguien. Ojalá sirva de algo, amigo querido.
  •  Un abrazo, feliz cumpleaños.
  • Ángeles

Los últimos días de nuestros padres, de Joel Dicker [PDF]

Voy a hacer una pequeña reseña del libro.

  • Cuenta la historia de Paul-Émile, al que todos llaman Palo, quien se despide amorosamente de un padre que lo ama – y al que ama – para partir a la guerra.
  • ¿Qué lo motiva a partir? ¿Qué es lo que lo hace capaz de desgarrar el corazón de su progenitor y embarcarse hacia el combate feroz? No lo sé. Amor a la patria, tal vez, aunque no lo deja demasiado en claro. A veces me parece que es más una forma de decirle al mundo, o de decirse a sí mismo, que está haciendo lo que corresponde. Me da la sensación que si no hubiera partido, se sentiría un fracaso; que estaría viviendo una rutina que no le pertenecía. Partir a la guerra lo convertiría en hombre, lo haría vivir con un propósito.
  • Pero Palo sabía, desde un inicio, que no regresaría. Desde que, en un inicio, rechazó la posibilidad de llevarse las llaves del piso para el regreso. “Se me podrían perder”, dijo. O algo así. “Temo perderlas”, pudo haber dicho también. No recuerdo la cita exacta. No importa.
  • Vivió los últimos días junto a su padre con la conciencia clara de que partía a morir. Se embarcó en los servicios de inteligencia, casi por inercia, casi por casualidad. Conoció el amor, la amistad, el dolor, todo eso. Vio morir a sus compañeros. Pasó hambre. Pasó frío.
  • Pero, ¿por qué? Porque era lo correcto. ¿Y no habría sido más correcto no destrozarle el alma al padre, al que nunca pudo escribir?

4 de julio de 2019 – algo que escribí en ese entonces

Este ha sido un año un tanto convulso para la política nacional; desde reformas educacionales que no dejan a nadie lo suficientemente conforme (sea por el aparente carácter ultramontano o en extremo libertino, ya poco importa), conflictos en el sur que abren nuevamente el debate sobre el concepto constitucional de terrorismo contenido en el artículo noveno, presidentes de la República acusados de tráfico de influencias, jueces corruptos, y un larguísimo etcétera. Se nos cayeron del pedestal. Pero acá lo curioso viene siendo otra cosa. Es el reflejo que tiene esto en los jóvenes, en el micropaís que se forma en las universidades, en las sub sociedades que se crean entre las facultades donde, en teoría, surge el pensamiento crítico, el cuestionamiento dialéctico de las teorías políticas y la búsqueda de lo que supone un mejor futuro. Es el efecto espejo. La gente, adoctrinada, repite lo que oye. El pensamiento se diluye en una masa de información amorfa, sin más luces que lo que es políticamente correcto, de lo que suena bien, de lo que permite ganar más adeptos y más amigos. No hay que ser muy conservador, pero tampoco muy extremista de izquierda; al menos no si se estudia en ciertas universidades donde la masa de estudiantes profesa cierta doctrina más bien conservadora. Estamos en la cultura del centrismo, del “te respecto, pero no te acepto”, del “creo esto, aunque no lo entiendo, y no pretendo entenderlo, ¿cuál sería el sentido de ello, qué ganaría?”. Estamos reflejando a un país que se nos cae a pedazos. Un país que se nos arranca de las manos con discusiones inocuas, fútiles, sin más propósito que ganas la discusión en sí, no de aportar a las ideas. Me recuerda, de algún modo, a la discusión dogmática entre el jurista Alessandri, el hijo mayor del León de Tarapacá, defensor de la teoría de la nulidad, y Luis Claro Solar, quién arguía que la inexistencia sí tenía valor en el código civil. Los efectos, tanto de la nulidad como de la inexistencia, eran los mismos en la praxis. El tema era una sutileza cuyo aporte a la vida real era prácticamente nulo. Lo mismo ocurre acá. Discuten por discutir, se desprecian por el hecho de pensar distinto y no comprenden que la idea y propósito de crear conocimiento está, precisamente, en entender que los conceptos son lo suficientemente amplios como para abrirlos en múltiples caras. No hagamos de la vida universitaria una miniatura de este país destrozado. Chile sufre, sí, adolece profundamente de los dolores de una división histórica profunda, y de una necedad que le han causado el exceso de medios informáticos y la falta de información y de medios.

Mientras leo: el elefante desaparece, de Haruki Murakami

Una llamada. Todo empieza con una jodida llamada, en una casa que rayaba entre lo cotidiano y lo aburrido (se había perdido el gato, cocinaban tallarines, el marido no encontraba trabajo, pero la mujer le decía que ella tenía una situación estable con su propia situación laboral, así que descuidara; en síntesis, nada particular que uno pudiera calificar de novelesco). Hasta esa llamada. Contesta el personaje principal, y ya empieza a volverse extraño. Me extraña por qué le dedica tanto tiempo a responder las preguntas enrevesadas de una desconocida. Al fin y al cabo, no es nadie. Pero el personaje le dedica tiempo. La escucha, pacientemente, casi como si de su terapeuta se tratara. No puedo negar que es raro.

Me gusta esa mentalidad japonesa, por otro lado; no sé si es porque Murakami es la única (primera) aproximación al mundo oriental nipón que tengo, pero los siento tan distintos y tan cercanos a la vez. Es como si las rarezas de la vida, las cosas que en el mundo occidental los parecen incongruentes, en las páginas de Murakami fueran de lo más natural del mundo. Pensé, por un momento, en esos chicos de Japón que se casaban con objetos, o en la tasa de suicidios altísima de Tokio. ¿Tendrá que ver? Es una cosmovisión distinta. Un paradigma diferente. Pero no sé si es Japón completo, o solo Murakami. Me falta más bagaje cultural.

Luego, el personaje va en búsqueda de un gato que nunca quiso. La adolescente que se encuentra es otro ser rarísimo, que me recuerda, de cierto modo, a un psicópata de caricaturas. Pero el personaje, otra vez, ni se inmuta. Lo acepta, como un devenir de las cosas. Como algo normal, casi, pero sabe, en el fondo, que no lo es. La niña está loca. Loca de patio. Pero él no dice nada en absoluto. Ni siquiera le cuenta a su mujer.

La nobleza de la imperfección

  • Esto es una idea que plantea el personaje, y trata esencialmente del perdón. Es un ciclo donde uno perdona al otro, y el otro perdona al siguiente. En este caso concreto, empieza por los canguros del zoo. El espectador del zoológico (nuestro personaje) perdona a los canguros, los canguros perdonan a la remitente de la carta, y ella perdona al emisor. ¿De qué tienen que ser perdonados los canguros? No tengo idea. De existir. Es como si la sola existencia fuera una falta. ¿Lo es? Quizá.
  • Como dice el personaje —el espectador de canguros—, la nobleza de la imperfección no constituye un círculo permanente ni mucho menos. Pero está, existe, y debemos saber de éste. Me gusta. Es como cadena de favores (película que nunca he visto), pero con perdones. De alguna manera, es como si perdonar estuviera anclado a la necesidad de ser perdonado.

La maldición del pan

  • Así como Jesús nos bendijo con el pan, en este relato el pan parece ser un objeto de maldiciones. Alguien les lanzó una maldición al joven protagonista, aún más joven de lo que es en el momento del relato, y a su amigo. Dos insípidos delincuentes reciben una especie de sortilegio, y deben robar pan. DEBEN hacerlo. ¿Por qué? Ni idea. Pero no lo hacen. Confieso haber soltado una buena carcajada cuando asaltaron el McDonald’s, por lo absurdo de la situación.

Es un buen libro, o al menos, en las setenta páginas que llevo leídas. Es interesante, extraño, novedoso. Me ha gustado.