Harry Potter: el libro de nuestra infancia

Hubo un momento, cuando contaba aún con tan solo seis años, en el que iba en el interior de un carro de supermercado (como uno suele hacer a esa edad), y pasamos, en el Jumbo, frente a la estantería con libros. Entre los aburridos volúmenes de libros de autoayuda e imagino que alguno que otro de Paulo Coelho o Isabel Allende, lo vi. Vi ese libro verdoso y no tan grueso, de Harry Potter y la Cámara Secreta.

 Recuerdo haberlo señalado con el dedo. Haber pedido, suplicado, que me lo compren. “No es para tu edad, es para los niños más grandes”, me había dicho mi abuela, pero fue tal la insistencia que pronto lo tuve entre mis manos. Descubrí, claro, que había habido un tomo que lo precedió, La Piedra Filosofal (que llegaría a leer más tarde), pero de todos modos lo devoré con ansias. Lo declaré abiertamente mi libro preferido.

Entre los seis y los doce años, viví más aventuras que el resto de los mortales. Y no solo por la abundante literatura de diversos autores infantiles y juveniles que llegaron a mis manos, sino que, diría yo, por el mundo interno que me iban construyendo las mismas. En especial, Harry Potter. En mi cabeza, volaba sobre escobas Nimbus a algunos metros sobre las nubes más altas, surcando los cielos, huyendo de mortífagos temibles. Esgrimía mi varita mágica, y junto con Harry, mi amigo, a veces mi pololo (sí, le tuve cierta envidia a esa tal Gini Weasley), conseguíamos derrotarlos. En otras ocasiones, acechaban los dementores, y buscaba diversos Patronus para evitar su beso mortal.

Todo aquello ocurría, por lo general, en el patio de mi colegio. Una niña abstraída y “rara” tenía, sin que los demás pudieran notar siquiera, las peripecias más trepidantes y entretenidas.

Esa era yo. Ese era mi mundo.

Harry Potter, para mí, fue un refugio. A pesar de sus peligros y dificultades, Hogwarts parecía ser el lugar más seguro en el que podía estar, lejos de los complicados asuntos que puede enfrentar un niño en la vida real. Era el lugar donde sufrir no tenía sentido, porque sabía a ciencia cierta que luego, en unas páginas más, estaría la solución (aunque quizá Fred, Hedwig o Sirius no dirían lo mismo…).

¿Quieren hacer leer a un niño? Regálenle Harry Potter. Ah, y procuren que sea el primer tomo.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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