Mientras leo: Carta de Cicerón a Ático

  Aunque la verdad, no sé si tiene sentido el título de “mientras leo”, puesto que la carta de la que hablaré era tan breve que habría sido prácticamente imposible dejarla a medias. Las primeras dos páginas, eso sí, eran un tanto aburridas, decían poco, y al ver que quedaba tan solo una página más para acabarla, creí que estaba ante una carta superficial y vacua. Pero no era así. El penúltimo párrafo de la carta, en lo que Cicerón llamó “el asunto de Tadio”, resultó aportar algo bastante interesante para los que somos leguleyos.

 Pero analicemos primero su estructura. Marco Tulio Cicerón escribe a su mejor amigo y cuñado contándole los pormenores de su vida, su relación con sus amistades y sus penas. Comienza, por ejemplo, hablando de la pérdida de Lucio, su primo, y cómo Ático debería estar apesumbrado también. En parte, por la pérdida de un concuñado o sea cual sea el parentesco que tenga con el difunto. En parte, también, por compasión y empatía hacia su buen amigo Marco Tulio.

Increpa Cicerón a Ático, sobre un asunto de las cartas que no queda bien claro. “Me increpas sin razón”, afirma, y a uno le da la sensación de que falta una parte del diálogo. Se entiende, eso sí, que se refiere a la falta de mensajeros para enviar sus misivas, o algo así. Lo mismo ocurre con el caso siguiente, el de Acutilio y sus problemas. Es más, en ese pasaje hay una nota del editor explicando que no hay más referencias a ese problema que las dos líneas que le dedica nuestro Cicerón.

 Y finalmente, el asunto de Tadio. No voy a contarlo del mismo modo que en la carta, puesto que eso no tendría ningún mérito de mi parte, ni los haría interesarse de igual modo por el tema jurídico que plantea.

El derecho romano tiene múltiples formas de adquirir la propiedad. Entre ellas, está la usucapión, un término compuesto de las palabras usus (uso) y capere (tomar, agarrar, coger). Es decir, “tomar por el uso”. Digámoslo de este modo: Aulo Augelio, el hijo de un patricio caído en desgracia, vive en una casa. La casa no es suya y nunca lo fue, pero Aulo Augelio pretende darse la gran vida. De ese modo, del mismo que una mujer adquiría la manus de su esposo por haber convivido con él varios años, Aulo Augelio, con el paso del tiempo, pasaría a ser el dueño de esa propiedad.

Sería suya.

¿Y bien? ¿Cuál es el problema, el famoso asunto de Tadio que plantea Cicerón? Tadio, sea quien sea ese hombre, conversó en algún momento con Ático, y le planteó lo siguiente:

Una joven muchacha quedó huérfana, y su tutela pasó a manos de un hombre vil y despiadado. Éste no se preocupó en demasía por la joven, ni le prestó su hombro en consuelo para soportar la desazón de perder a los padres.

Al contrario.

Este hombre, llamémoslo Cayo, se hace con la herencia de la joven aprovechándose de la condición de tutor. La joven observa, silenciosa, sumida en la más ingrata desesperación, y ve cómo aquello que debía ser suyo está en las manos de aquel odiado pariente, cuyo vínculo era tan lejano que apenas era capaz de recordarlo.

Cayo esboza una sonrisa, de esas sonrisas malévolas que solo veíamos en los cuentos infantiles. La muchacha baja la mirada.

Pasa el tiempo. Cayo, por usucapión, dice haber adquirido el dominio de las propiedades que antes no le pertenecían. La chica, entonces, corre hacia Tadio, su amado, y entre sus brazos, cubierta de lágrimas, le cuenta la historia.

Tadio habla con Ático, su amigo y confidente.

—No hay razón para preocuparse — indica Ático, desde su supina ignorancia. — La herencia fue tomada por usucapión.

Cicerón, hecho una furia, camina como león encerrado, dando vueltas de un lado a otro. ¡Qué ha dicho este hombre! Está decidido a escribirle, a explicarle que por usucapión se adquieren muchísimas cosas, y que será casi imposible arrebatarle de las manos esta herencia a Cayo.

Desde luego, la carta no era así exactamente. Digamos que lo decía en un párrafo, de la forma más escueta posible.

Pero de la misma manera, le dejaba un universo entero disponible a la imaginación.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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