¿Cuál es el colmo de un progre?

Hace tiempo que no le dedicaba unos instantes, por breves que sean, a escribir por este medio. Escribir, de algún modo, es pensar; ordenar las ideas, estructurarlas y darles un sentido o fin. Si bien este blog no ha tenido como objetivo principal la difusión de pensamientos abstractos o demasiado relevantes, sino más bien prácticos o en ocasiones, absurdos, quiero dejar un instante para reflexionar. Solo un instante. Aunque sea breve. Hablemos de ese concepto ambiguo llamado libertad.

 Partiré haciendo una afirmación extraña: no hay mayor acto de liberación que la desidia.

Suena contradictorio. Raro. Estúpido, incluso. ¿Cómo que no hay mayor acto de liberación que la desidia? ¿No era que acaso los procesos liberadores, las ideas que buscan la libertad, son ideas apasionadas, intensas e impetuosas, que buscan romper con el status quo y, de ese modo, liberar?

 Eso, claro está, si entendemos libertad desde un punto de vista gráfico y pintoresco. Estamos imaginando la toma de la Bastilla, quizá, o a Manuel Rodríguez gritando “aún tenemos patria, ciudadanos”. Tenemos en nuestra mente a Espartaco, al ejército libertador cruzando Los Andes, o quizá, solo quizá, un cántico a pleno pulmón del “Pueblo Unido”. Pero no es solo ese el modo que hemos de concebir libertad. Entendámoslo también como la autonomía de la voluntad, por ejemplo, un término tan usado en derecho para definir lo que un individuo puede hacer siempre y cuando el orden jurídico no se lo impida.

¿Y cómo podríamos hablar de libertad? En una mirada rápida, uno tiende a imaginarse dos posibles situaciones, o tesis al respecto.

  • Estar a favor de la libertad, en determinada circunstancia.
  • Estar en contra.

Digamos ahora, por dar un ejemplo, que queremos postular el siguiente enunciado: “el matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer, de lo contrario se altera el orden público y moral.” Si estoy a favor del enunciado, es evidente el modo en que se restringe la libertad ajena, la autonomía de la voluntad (o autonomía privada, como se denomina también) de quienes quieren contraer matrimonio, por ejemplo, con otro de su mismo sexo. Es decir, en ese caso particular, se está “en contra de la libertad” de un modo claro, explícito, y sin necesidad de argumentación ulterior.

 Pero, ¿qué pasa si estoy en contra del enunciado, argumentando que “estoy a favor de la libertad”? En este caso, defiendo que la gente contraiga matrimonio con la persona que le parezca conveniente, en pos de su propia autonomía y pareceres individuales. Fantástico. No obstante, cuando llegue aquel que refute la idea, diciendo que el matrimonio homosexual pasa a llevar la moral y orden público, por lo tanto, si digo defender la libertad del modo que lo hago, he de defender su derecho a vivir en un entorno moralmente aceptable, y de no destruir las instituciones que lo regulan (como lo es la del matrimonio), ¿qué tendría que hacer yo? ¿Seguir defendiendo la libertad, y por tanto, dejarlo libremente pasar por sobre la mía? ¿O ir en contra de mis principios libertarios, y ante esto, imponer mi ideología por sobre la de él?

Por eso la afirmación anterior. No se puede ser más libre, ni estar más exento de ataduras, si no se tiene opinión alguna. Tampoco se le impone nada a nadie, de esa misma manera, por el motivo de que la importancia que se le da a las cosas es nula. Resulta mucho más fácil, no sacan nada en cara, no se tiene que defender posturas, no hay que cuestionarse las cosas ni plantearse paradojas ni dudas existenciales.

 La desidia, al fin y al cabo, es la zona de confort de cualquier ser racional. Si no nos importa nada, somos libres, sí; libres de actuar como queramos, porque no hay un patrón que nos guíe, ni tenemos parámetros o rutas. Se está a la deriva, de algún modo.

Sin embargo, la desidia es peligrosa. Nos convierte, al final, en seres tan vacíos como los ideales que estamos planteando.

Es cierto: sin una postura clara, no existe una suerte de imposición al resto, aunque sea teórica y abstracta. “La gente debería comer sano”. “La gente debería estudiar, hacer deporte, leer más, escuchar tal música”. Eso puede sonar negativo, de buscarle un deber ser al otro. Pero sin una postura clara, a su vez, tampoco tendríamos una esencia propia que nos defina como tales.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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