Macbeth: la locura y desgracia del hombre moderno

 Escribir sobre Macbeth, de cierto modo, es escribir sobre un mundo en transición. No una transición política, como la que solemos mencionar en la actualidad en el contexto nacional, sino más bien del tipo cultural e idiosincrático, donde lo medieval aún no se despegaba del todo de la realidad existente, pero el hombre anhelaba, con más o menos concreción, evolucionar. El medioevo estaba caracterizado, principalmente, por la superstición y un simbolismo supersticioso que evocaba las raíces paganas de Europa, y así, precisamente, es como empieza esta obra: con brujas. Y si bien son ellas las gestoras, de algún modo, de la masacre que posteriormente se desarrollará, de la locura de Macbeth y de los asesinatos que, junto a su esposa, perpetrarán, ellas no se introducen al lector como figuras necesariamente antagónicas. Simplemente, con un aire un tanto escabroso, hacen temblar el concepto de bien y mal, y lo que siempre, en un contexto posterior al medioevo, parecía estar más que claro. “El mal es bien, y el bien es mal; cortemos los aires y la niebla”

Al mostrarse inicialmente a los personajes, y en especial, a Macbeth, se denota cierto grado de heroísmo en ellos. “Con tal ímpetu menudearon los golpes del contrario, que creí que querían revivir los actos del Calvario” (Shakespeare, 1606), llegó a afirmar un soldado herido, al describir a Macbeth y a Banquo. Pero tras la profecía de las brujas (o hechiceras, como las llaman) se introduce un elemento en el panorama: la ambición. Macbeth descubre que el vaticinio es potencialmente verídico, o dicho de otro modo, que puede cumplirse; puede ser rey de Escocia, y eso lo llena de una sensación de avaricia y codicia, e infunde su espíritu de ansias de poder. La ambición que, finalmente, lleva a la locura, a la destrucción, a desarmar un ideal que en algún minuto había estado erguido, cual estandarte; el ideal propio del caballero medieval. El honor, la honra, la gesta heroica propia de los medievales, se hace añicos con la imagen de un rey Macbeth desquiciado y desgarrado por su propio dolor y culpa.

 No por eso se está afirmando que el hombre de la Edad Media haya sido un ejemplo de virtud, y el hombre moderno, por otro lado, una bazofia con las manos ensangrentadas, sosteniendo algún puñal que gotea un tinte rojo oscuro. Acá no hay juicios de valor; en la Edad Media se cometieron tantos o más crímenes que en la modernidad, pero el tema radica, principalmente, en la forma más que en el contenido de fondo. Los crímenes de la Edad Media solían esconderse detrás de una apariencia de deber, honor y justicia; las cruzadas, las guerras, e incluso, el dar muerte por algún afán de venganza, eran acciones que estaban impregnadas de la esencia teologal que caracterizaba a esa época. Entendiéndolo de este modo, antes todo se hacía por algo, sea por Dios, por el señor feudal, por las razones con que el caballero se hubiese convencido de que lo llevarían a la eternidad. Esto es algo que fue mermando conforme llegaba la modernidad, y en Macbeth, si bien parecía haber un propósito ulterior con dar muerte al rey Duncan, al final, toda esa tortura con la que se atormentaba, esa culpa, esa desgracia, la locura y la horrible muerte con la que culminó su vida, decapitado por el joven Suardo, no fueron sino un sinsentido completamente evitable. Ya no hay un Dios velando porque nuestros actos tengan una razón de ser, porque no la tienen. “Dios ha muerto”, diría Nietzsche (1883). “Got ist tot”. El hombre es, si queremos entenderlo de ese modo, libre, y en esa libertad, precisamente, están las abominaciones que podemos cometer. Los horrores, al final, empiezan a formar parte de la vida humana, y la persona se ha ido acostumbrando, poco a poco, a ello, y lo ha ido asumiendo como parte del pan de cada día, de la cotidianidad. Como Macbeth llegaría a afirmar, previo a su muerte, “la imagen de la desolación se hizo familiar a mi espíritu, y ya no me conmueve nada”

 

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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