Fragmentos sueltos de mi bitácora personal

30 de julio de 2019

¿Por qué no puedo estudiar? No lo sé. ¿Por qué no puedo concentrarme y hacer lo que corresponde, por qué sigo en el pasado, viviendo en mis errores, martirizándome por ellos? ¿Por qué quiero volver atrás cada segundo que pasa, y cada instante que se va, lo quiero de vuelta? El tiempo, menudo bastardo. Juega malas pasadas. No, me retracto: somos nosotros los que no entendemos cómo funcionan sus reglas, y creemos que la vida se puede jugar a su antojo, sin seguir las pautas de un sistema reglado. El tiempo es la regla, el parámetro, la guía. Y no lo entendemos hasta que vemos que la cuenta regresiva nos mira, burlesca, soez, y nos saca la lengua como si fuera un niño. Y como niños, nuevamente, nos angustiamos, queremos volver al seno materno, a taparnos bajo las sábanas de la cama, a escondernos en los libros de cuentos. Queremos huir. Pero no se puede. No se puede volver atrás.

¿Y por qué no puedo estudiar, entonces? No lo sé, no tengo idea.

7 de julio de 2019

El hombre es lo que hace con lo que hicieron de él. Jean Paul Sarte

A veces me pregunto si tengo algo en blanco en este camino; sea el futuro o el pasado. El futuro, según muchos, está por escribirse, pero tiendo a veces a dudarlo; hay momentos en los que ignoro si acaso hay cierto destino diseñado previamente, por nuestros actos, por los actos de nuestros padres, de nuestros abuelos, y así para atrás, llegando a un origen ignoto, incierto, extraño y abstracto.

¿Y el pasado, entonces? ¿Está acaso en blanco? ¿Empecé a ser cuando adquirí razón y uso de mis actos, o al nacer, o antes de eso? ¿Empecé a ser con mis padres? ¿Con mis abuelos, con los abuelos de ellos? ¿Estamos condicionados por la familia?

Pienso en Gonzalo. No sé por qué. Pienso en cuando él era joven, niño, un crío incluso. Me lo imagino en un avión, junto al que él llama hasta el día de hoy su padre. Rumbo a la RDA, con un futuro absolutamente incierto y una madre muerta, pero sabiendo, a sus escasos ocho años, que ella no es su madre en realidad, sino la mujer que dejó en la ciudad gris y sombría que arreciaba la dictadura de Pinochet. Ese niño, luego joven, luego hombre, calló en secreto —después de que Bulnes lo deje en la casa de mis abuelos — la verdad de su origen. Creció entre sus hermanos sin poder decir que él era uno de ellos. Y así, se apartó lentamente de ese hogar bullicioso, para armar uno propio. Una familia y una vida propia.

Sin embargo, me pregunto si Gonzalo tiene, verdaderamente, una vida desligada de su historia, y lo dudo. Creo que aún sigue firmemente unido al pasado, y eso le duele. Porque todos somos hijos de nuestro ayer, al fin y al cabo. Somos hijos de nuestras memorias, nuestros sufrimientos, y nuestras penas. Podremos intentar a duras penas desligarnos de ello, pero es imposible.

Es el destino.

Es una condena.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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