Arde Chile: luchas por un líder imaginario

Caminar hoy por las calles de Santiago implica atravesar por un campo minado de bombas lacrimógenas, de humo y grafitis con mensajes que exhortan a seguir con la lucha. Pero cabría preguntarse, ¿qué lucha es esa? No parecía haber señales aparentes en los últimos años como para llegar a un punto tan álgido que el país entero terminara detenido. El metro incinerado, los caminos cortados, los supermercados saqueados, la aplicación del toque de queda en un estado de excepción constitucional, y los militares resguardando las calles y disparando a quemarropa eran un panorama que no se veía desde hace décadas. Pero aquí radica, precisamente, el quid del asunto, puesto que alguna vez se vio esta misma escena, y no es una absoluta novedad para casi nadie. Los chilenos crearon un imaginario colectivo con un líder ideal que nunca llegaría. El imaginario colectivo de Chile oscila entre el anhelo del líder ideal y su decepción Resulta una suerte de dejà vú que estamos condenados a contemplar.

Ciudadanos arrojan piedras, reciben disparos, pierden los ojos y siguen luchando. Se tendería con esto a pensar que Alonso de Ercilla tenía razón al afirmar en su poema que “la gente que produce es tan granada, soberbia, gallarda y belicosa” cuando describía al hombre de Arauco—de ese “Arauco no domado”—, que más tarde se convertiría en el pueblo chileno.

 Sin embargo, resulta evidente que ese araucano, progenitor del chileno de hoy, al que muchos evocan con la bandera mapuche flameante en las protestas, no tenía noción de sí mismo antes de Ercilla. Dicho de otro modo, no había araucanos antes de que otros los señalaran como tales. Con la obra magna de Ercilla, el concepto identitario mapuche, y más tarde chileno (con todo lo que ello implica), cobró vida. En un origen, Chile no era sino un conjunto de etnias, de tribus, de pueblos repartidos a lo largo y ancho de su geografía. Pero considerando que la literatura tiene como fin la inmortalidad, —un fruto que ninguna ciencia empírica ha logrado alcanzar— al encomendarle a don Alonso de Ercilla que escriba este cantar épico, consagró el origen de Chile a un poema. Se puede, entonces, afirmar que la nación chilena nació de un mito, y sus próceres no son sino personajes literarios.

Carrera, O’Higgins, todos ellos alguna vez existieron, no cabe duda, y fueron seres de carne y hueso como cualquier otro que cruzó por los anales de los hechos pasados sin más pena ni gloria. que un dato estadístico. Pensaron, soñaron y tuvieron pesadillas. Comieron, digirieron la comida, y probablemente temblaban de miedo ante la idea de morir. Manuel Rodríguez pudo haber sido un miserable quizá (no existe, tampoco, certeza absoluta de sus intenciones bienhechoras), pero esta nación no exige realidad, sino literatura. Es el tenor con que sentó sus bases en el origen primero, “no a las damas, amor, no gentilezas, de caballeros canto enamorado”. El hombre que rechaza “los regalos, las muestras y ternezas de amorosos afectos y cuidados” puesto que tiene una misión más grande que cumplir. Esa la mitificación más pura del hombre viril y fuerte, adaptada a los tiempos que fueron corriendo, se arraigaba a la mentalidad de los chilenos.

Por ejemplo, todos aprendemos en el colegio que Arturo Prat fue abogado, buen marido, marino y hombre de fe, que a todas luces debía ser considerado un santo. Es curioso, no obstante, que todas las virtudes que se le atribuyan eran, precisamente, las virtudes elogiables en esa época. Al pedir a un héroe, la nación exigía a un héroe virtuoso, que correspondiera con la imagen idílica que ellos consideraban que debía tener un líder.

 En 1891, tras una guerra civil de proporciones inconmensurables en cuanto a sus resultados en la sociedad, se instaura un régimen oligárquico; un pseudo-parlamentarismo, o, mejor dicho, un triste intento de imitar el régimen parlamentario británico. Y otra vez, la gente empezó a buscar a alguien en quien depositar su fe y esperanzas redentoras, algo así como un caudillo político para la clase popular. Cuando El León de Tarapacá abrió sus fauces, su chusma querida ya entonaba al unísono el “Cielito lindo”. Aquello no duró mucho tiempo, y fue un cúmulo de vaivenes políticos que culminaron en una nueva Constitución, la del 1925, y la búsqueda de un nuevo líder. Luego de la dictadura de Ibáñez, el sentimiento de anhelo hacia un líder mítico, legendario y virtuoso se empezó a tornar una necesidad imperiosa y cada vez más potente. Todos afirmaban que serían los nuevos reformadores, y que, con ello, cambiarían a la clase política.

 Es sabido lo que ocurrió en 1970 en Chile. Y no solo se sabe en nuestro país; todo el mundo tenía los ojos estupefactos clavados en el primer estado que, por la voluntad de la democracia, escogía a un soberano del Partido Socialista. Y es preciso recalcar que ese hito estaba marcado por la búsqueda romántica de un líder legendario que hasta el momento no habían podido encontrar. El socialismo, al parecer, se acercaba más a los cantares épicos que cualquier otro partido. Pero como toda burbuja que se infla con aire, acaba por reventar. Allende cayó, pero con la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte se dio lugar, otra vez, al surgimiento de la idea fantasiosa y soñadora que tenía la nación chilena sobre un gobierno ideal. Un gobierno que no llegó cuando llegó la democracia.

En Chile existe una tendencia a construir mitos, supersticiones, cuentos y leyendas. Es cosa de mirar la cultura popular, y el tipo de religiosidad que se vive en los pueblos. Creer genuinamente en estatuillas, en altares, o en indulgencias plenarias por ir a peregrinaciones es signo evidente de una cultura cuya imaginería tiene un cariz preponderante. Eso también pudo haber facilitado a la población chilena crear un imaginario colectivo sólido. Sencillo resulta, en términos intelectuales, pasar de la idea de adorar a una virgen perfecta en altares a un héroe patrio ficticio.

Pero ese héroe no llegó. Chile se quedó toda la época de la dictadura esperando el retorno a la democracia, luchando por ello y dando todo de sí “por la vida y por la paz”, para nada. Por ese motivo es que hoy arde Santiago.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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