Mientras leo: el elefante desaparece, de Haruki Murakami

Una llamada. Todo empieza con una jodida llamada, en una casa que rayaba entre lo cotidiano y lo aburrido (se había perdido el gato, cocinaban tallarines, el marido no encontraba trabajo, pero la mujer le decía que ella tenía una situación estable con su propia situación laboral, así que descuidara; en síntesis, nada particular que uno pudiera calificar de novelesco). Hasta esa llamada. Contesta el personaje principal, y ya empieza a volverse extraño. Me extraña por qué le dedica tanto tiempo a responder las preguntas enrevesadas de una desconocida. Al fin y al cabo, no es nadie. Pero el personaje le dedica tiempo. La escucha, pacientemente, casi como si de su terapeuta se tratara. No puedo negar que es raro.

Me gusta esa mentalidad japonesa, por otro lado; no sé si es porque Murakami es la única (primera) aproximación al mundo oriental nipón que tengo, pero los siento tan distintos y tan cercanos a la vez. Es como si las rarezas de la vida, las cosas que en el mundo occidental los parecen incongruentes, en las páginas de Murakami fueran de lo más natural del mundo. Pensé, por un momento, en esos chicos de Japón que se casaban con objetos, o en la tasa de suicidios altísima de Tokio. ¿Tendrá que ver? Es una cosmovisión distinta. Un paradigma diferente. Pero no sé si es Japón completo, o solo Murakami. Me falta más bagaje cultural.

Luego, el personaje va en búsqueda de un gato que nunca quiso. La adolescente que se encuentra es otro ser rarísimo, que me recuerda, de cierto modo, a un psicópata de caricaturas. Pero el personaje, otra vez, ni se inmuta. Lo acepta, como un devenir de las cosas. Como algo normal, casi, pero sabe, en el fondo, que no lo es. La niña está loca. Loca de patio. Pero él no dice nada en absoluto. Ni siquiera le cuenta a su mujer.

La nobleza de la imperfección

  • Esto es una idea que plantea el personaje, y trata esencialmente del perdón. Es un ciclo donde uno perdona al otro, y el otro perdona al siguiente. En este caso concreto, empieza por los canguros del zoo. El espectador del zoológico (nuestro personaje) perdona a los canguros, los canguros perdonan a la remitente de la carta, y ella perdona al emisor. ¿De qué tienen que ser perdonados los canguros? No tengo idea. De existir. Es como si la sola existencia fuera una falta. ¿Lo es? Quizá.
  • Como dice el personaje —el espectador de canguros—, la nobleza de la imperfección no constituye un círculo permanente ni mucho menos. Pero está, existe, y debemos saber de éste. Me gusta. Es como cadena de favores (película que nunca he visto), pero con perdones. De alguna manera, es como si perdonar estuviera anclado a la necesidad de ser perdonado.

La maldición del pan

  • Así como Jesús nos bendijo con el pan, en este relato el pan parece ser un objeto de maldiciones. Alguien les lanzó una maldición al joven protagonista, aún más joven de lo que es en el momento del relato, y a su amigo. Dos insípidos delincuentes reciben una especie de sortilegio, y deben robar pan. DEBEN hacerlo. ¿Por qué? Ni idea. Pero no lo hacen. Confieso haber soltado una buena carcajada cuando asaltaron el McDonald’s, por lo absurdo de la situación.

Es un buen libro, o al menos, en las setenta páginas que llevo leídas. Es interesante, extraño, novedoso. Me ha gustado.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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