El sentido último de todos nosotros

Vivimos una era que en principio puede parecer extraña, donde las verdades absolutas han sido llevadas al cuestionamiento más agudo y al escrutinio más receloso posible, pero a la vez, como siempre ocurre en la historia, estas han sido reemplazadas por otras verdades absolutas, por otros axiomas cuya veracidad no puede ser puesta en tela de juicio. Sin embargo, por muy extraño que suene, por muy radical y terrible, es algo que siempre nos ha definido como sociedad que evoluciona, pero por alguna razón – que, por cierto, sería lo que sí me parece extraña – lo olvidamos. Es como si no tuviéramos memoria. Aunque, en realidad, ¿cómo podríamos tenerla, si es que el promedio de vida de un ser humano es de 70-80 años, noventa a lo sumo?

«Algunas cosas se hacen tan nuestras que las olvidamos».
Antonio Porchia, escritor argentino.

El ser humano, por su parte, siempre ha tendido a la inmortalidad que no logra alcanzar en este mundo. Intenta, desesperado, trascender en lo material; ya sea escribiendo, pintando, enseñando, procreando o, digamos, manifestando de las mil y una formas posibles su anhelo de quedarse aquí. Y nosotros, la humanidad que vive, vivimos sobre los cimientos de aquellos que pensaron y vieron y reflexionaron y cantaron mucho antes de nuestra llegada. ¿Y qué podemos hacer para rescatarlos? Leer sus obras, cantar sus cantos, escudriñar cada fragmento de los lienzos que pintaron, y así, solo así, nos daremos cuenta de que ellos fueron iguales a nosotros, sin saberlo, sin que nadie lo diga más que en un susurro silencioso, casi triste, casi nostálgico. El mundo está cambiando, ¿qué duda cabe? Pero el mundo siempre cambia, y eso es algo que solemos olvidar. Las generaciones siempre luchan, los proletarios siempre se han rebelado, incluso antes del siglo XIX, cuando, en palabras de Carlos Marx, “un fantasma recorría Europa”. ¿Y qué son los fantasmas si no los espíritus de aquellos que se han ido, o los restos inmateriales de quienes antes fueron materia y forma en unidad? Todo esto, toda esta tragedia que vivimos hoy no es sino la tragedia que fuimos construyendo, escena por escena, acto por acto, esperando un Deus Ex Machina que nunca vendría y jamás pretendió llegar. Porque estamos solos, enfrentando al destino. A veces, en un alarde de ser Plauto, mezclamos comedia en el llanto más amargo, y sonreímos. Pero es una sonrisa igual a la de los actores griegos y romanos: es una máscara. La ubicamos frente a nuestro rostro, un rostro que llora a lágrima viva, y sacamos carcajadas al público expectante. Somos hijos de nuestra era, de nuestro tiempo, y ese tiempo se sustenta en miles y cientos de años atrás.

Las verdades que hoy pregonamos, ¿qué son, acaso, aparte de verdades que hemos construido para enfrentar el legado de nuestros padres? Y las ideologías que hoy presentamos, que se yerguen frente a uno, sólidas, duras y robustas, son plantillas prefabricadas que nos entregan un paquete de creencias e ideas con las que podemos dar la cara a la sociedad de la que somos hijos, y con ello, enrostrar a nuestros padres y a los padres de éstos, y a sus abuelos, y a los abuelos de estos, que en una hilera larga de generaciones deciden observar, taciturnos, cómo cambiamos lo que ellos cambiaron alguna vez. Pero en eso consiste la historia. Es un proceso dialéctico, Hegel ya lo dijo, y yo vuelvo a señalarlo. Es dinámica. Es evolutiva en todo sentido, dándole a la existencia del hombre un rol crucial y prescindible a la vez. Parecemos formar una unidad, y cada actuar de quienes lo integran van alterando esta red determinada, esencialmente, por decisiones. Pero si cae uno, no se desintegra, porque todos somos prescindibles, tenemos fecha de vencimiento, y por eso, precisamente por eso, es que queremos trascender en el mundo. Dejar un legado, eso pareciera ser el sentido último que buscamos, más que la superación personal o la realización última de cada cual. Queremos ser recordados, aún cuando, muy en el fondo, sabemos que poco a poco se irá cayendo en el olvido.

¿Y qué decir ante eso? Que el mundo, efectivamente, está cambiando, como siempre lo ha hecho, y no es ninguna novedad que las antiguas instituciones quieran ser reformadas por los nuevos y mantenidas en pie por los viejos. A veces, eso sí, siento que soy más vieja que nueva, a pesar de mis pocos años. Miro este mundo, y es como si hubiera estado siempre aquí. Es como si esa cordillera que tengo frente a mis ojos fuera mi cuna desde tiempos sin memoria, sin historia, sin pasado, y como si yo y la tierra fuéramos uno. Pero no lo somos. Llegué a este mundo veintiún años atrás, y quiero seguir acá, formando historia, forjando lazos con gente que valga la pena.

«El amor a la vida es esencialmente tan incomunicable como el dolor»
Scott Fitzgerald

Quiero vivir, y para eso, debo despegar la mirada de la idea de la trascendencia. Eso está para aquellos que ven la vida como un viaje destinado a acabarse (y bien que puede entenderse desde esa perspectiva), pero yo, en lo personal, prefiero buscar la superación como persona, la realización individual y de mi entorno, y con ello, hacer lo que esté dentro de la esfera de mis posibilidades para dar más amor, más cariño y más goce a aquellos que, al menos según como lo entiendo, les importo y me importan recíprocamente. Eso es lo que vale. Eso es lo que siempre ha valido, lo único y realmente importante.

No sé que quiero decir con esto, y quizá, lo más probable, es que no quiera decir nada. Es solo un mensaje de esos tantos que se lanzan al mundo en forma de pensamiento, de idea, de razón irracional que pretende, de alguna forma, dejar por escrito lo que no tendría por qué escribirse.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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