Tempestades de acero, Ernst Jünger [PDF]

  • Un poco sobre el autor
  • Era un tipo tan genial que los nazis llamaron “anarcomarxistas” y los comunistas llamaron “protonazi”. En síntesis, es la viva encarnación del amarillismo político, el precursor de la doctrina centrista que vino a encarnar, más tarde, una clase política decadente. Desde luego que Jünger ignoraba ese futuro drástico para su – llamémosla así – ideología. Pobre de él.
  • En todo caso, estaba muy influenciado por Nietzsche, lo que se ve claramente reflejado en su obra.
  • Acá hay una buena entrevista a este ser humano.

Ahora, la reseña

  • El libro comienza cuando el personaje principal llega a las trincheras y las actividades que ve realizar se le hacen ridículas. Él no está acostumbrado a eso; sin necesariamente presentarse al lector como un “hijito de papá” (aunque más tarde se señale que los otros soldados se referían a su grupo como los “voluntariosos de guerra”, formando un juego de palabras en alemán), sí tenía ciertas comodidades en su vida. Como diría más adelante, en ningún caso conoció verdaderamente lo que era el trabajo duro.
  • Sin embargo, la Guerra llega a enseñar sus garras prontamente, y se quita su máscara amable, en palabras del narrador.
    • ¿Qué máscara amable, acaso? ¿La tuvo alguna vez? Quizá, para una juventud brutal y ensalzadora de las virtudes viriles: la fuerza, la resistencia y la dureza de cuerpo y de alma. Eso parecía estar enaltecido de un modo casi romántico. No, no “casi”. Era puramente romántica la manera en que los jóvenes querían guerra, morir por la patria y esas cosas.
    • Pero eran también jóvenes asustadizos, temerosos y con sus evidentes debilidades, de modo que aquello no resultaba sino una impostura. Algo social. Algo que demostrar.
    • ¿Y cuándo se les caía el telón, entonces? Cuando la guerra enseñaba sus garras. Cuando veían la sangre y el dolor, los alaridos y los gritos del sopor de la batalla.
  • El enemigo se les pintaba a estos jóvenes como un ser “lleno de perfidia”. Y francamente parecían creerlo, como si olvidaran que detrás del campo de batalla, en la otra trinchera, habían chicos tan asustados como ellos, con familias también y sueños e ilusiones.
    • Pero acabarían por darse cuenta. Véase la tregua de Navidad. Es un claro ejemplo de ello.
  • El servicio parecía ser agotador, de rutinas que comenzaban al anochecer, y se dormía de a turnos. Sin embargo, en un principio, los muchachos aún albergaban la esperanza de participar en un ataque. El lector ya desde un comienzo los mira con lastimero paternalismo. Pobres de ellos.

Publicado por angelesmenablog

Escribo. Pienso. Vuelvo a escribir, borrar y reescribir. Vuelvo a pensar. Todavía no sé, realmente, si es que existo.

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