Arde Chile: luchas por un líder imaginario

Caminar hoy por las calles de Santiago implica atravesar por un campo minado de bombas lacrimógenas, de humo y grafitis con mensajes que exhortan a seguir con la lucha. Pero cabría preguntarse, ¿qué lucha es esa? No parecía haber señales aparentes en los últimos años como para llegar a un punto tan álgido que el país entero terminara detenido. El metro incinerado, los caminos cortados, los supermercados saqueados, la aplicación del toque de queda en un estado de excepción constitucional, y los militares resguardando las calles y disparando a quemarropa eran un panorama que no se veía desde hace décadas. Pero aquí radica, precisamente, el quid del asunto, puesto que alguna vez se vio esta misma escena, y no es una absoluta novedad para casi nadie. Los chilenos crearon un imaginario colectivo con un líder ideal que nunca llegaría. El imaginario colectivo de Chile oscila entre el anhelo del líder ideal y su decepción Resulta una suerte de dejà vú que estamos condenados a contemplar.

Ciudadanos arrojan piedras, reciben disparos, pierden los ojos y siguen luchando. Se tendería con esto a pensar que Alonso de Ercilla tenía razón al afirmar en su poema que “la gente que produce es tan granada, soberbia, gallarda y belicosa” cuando describía al hombre de Arauco—de ese “Arauco no domado”—, que más tarde se convertiría en el pueblo chileno.

 Sin embargo, resulta evidente que ese araucano, progenitor del chileno de hoy, al que muchos evocan con la bandera mapuche flameante en las protestas, no tenía noción de sí mismo antes de Ercilla. Dicho de otro modo, no había araucanos antes de que otros los señalaran como tales. Con la obra magna de Ercilla, el concepto identitario mapuche, y más tarde chileno (con todo lo que ello implica), cobró vida. En un origen, Chile no era sino un conjunto de etnias, de tribus, de pueblos repartidos a lo largo y ancho de su geografía. Pero considerando que la literatura tiene como fin la inmortalidad, —un fruto que ninguna ciencia empírica ha logrado alcanzar— al encomendarle a don Alonso de Ercilla que escriba este cantar épico, consagró el origen de Chile a un poema. Se puede, entonces, afirmar que la nación chilena nació de un mito, y sus próceres no son sino personajes literarios.

Carrera, O’Higgins, todos ellos alguna vez existieron, no cabe duda, y fueron seres de carne y hueso como cualquier otro que cruzó por los anales de los hechos pasados sin más pena ni gloria. que un dato estadístico. Pensaron, soñaron y tuvieron pesadillas. Comieron, digirieron la comida, y probablemente temblaban de miedo ante la idea de morir. Manuel Rodríguez pudo haber sido un miserable quizá (no existe, tampoco, certeza absoluta de sus intenciones bienhechoras), pero esta nación no exige realidad, sino literatura. Es el tenor con que sentó sus bases en el origen primero, “no a las damas, amor, no gentilezas, de caballeros canto enamorado”. El hombre que rechaza “los regalos, las muestras y ternezas de amorosos afectos y cuidados” puesto que tiene una misión más grande que cumplir. Esa la mitificación más pura del hombre viril y fuerte, adaptada a los tiempos que fueron corriendo, se arraigaba a la mentalidad de los chilenos.

Por ejemplo, todos aprendemos en el colegio que Arturo Prat fue abogado, buen marido, marino y hombre de fe, que a todas luces debía ser considerado un santo. Es curioso, no obstante, que todas las virtudes que se le atribuyan eran, precisamente, las virtudes elogiables en esa época. Al pedir a un héroe, la nación exigía a un héroe virtuoso, que correspondiera con la imagen idílica que ellos consideraban que debía tener un líder.

 En 1891, tras una guerra civil de proporciones inconmensurables en cuanto a sus resultados en la sociedad, se instaura un régimen oligárquico; un pseudo-parlamentarismo, o, mejor dicho, un triste intento de imitar el régimen parlamentario británico. Y otra vez, la gente empezó a buscar a alguien en quien depositar su fe y esperanzas redentoras, algo así como un caudillo político para la clase popular. Cuando El León de Tarapacá abrió sus fauces, su chusma querida ya entonaba al unísono el “Cielito lindo”. Aquello no duró mucho tiempo, y fue un cúmulo de vaivenes políticos que culminaron en una nueva Constitución, la del 1925, y la búsqueda de un nuevo líder. Luego de la dictadura de Ibáñez, el sentimiento de anhelo hacia un líder mítico, legendario y virtuoso se empezó a tornar una necesidad imperiosa y cada vez más potente. Todos afirmaban que serían los nuevos reformadores, y que, con ello, cambiarían a la clase política.

 Es sabido lo que ocurrió en 1970 en Chile. Y no solo se sabe en nuestro país; todo el mundo tenía los ojos estupefactos clavados en el primer estado que, por la voluntad de la democracia, escogía a un soberano del Partido Socialista. Y es preciso recalcar que ese hito estaba marcado por la búsqueda romántica de un líder legendario que hasta el momento no habían podido encontrar. El socialismo, al parecer, se acercaba más a los cantares épicos que cualquier otro partido. Pero como toda burbuja que se infla con aire, acaba por reventar. Allende cayó, pero con la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte se dio lugar, otra vez, al surgimiento de la idea fantasiosa y soñadora que tenía la nación chilena sobre un gobierno ideal. Un gobierno que no llegó cuando llegó la democracia.

En Chile existe una tendencia a construir mitos, supersticiones, cuentos y leyendas. Es cosa de mirar la cultura popular, y el tipo de religiosidad que se vive en los pueblos. Creer genuinamente en estatuillas, en altares, o en indulgencias plenarias por ir a peregrinaciones es signo evidente de una cultura cuya imaginería tiene un cariz preponderante. Eso también pudo haber facilitado a la población chilena crear un imaginario colectivo sólido. Sencillo resulta, en términos intelectuales, pasar de la idea de adorar a una virgen perfecta en altares a un héroe patrio ficticio.

Pero ese héroe no llegó. Chile se quedó toda la época de la dictadura esperando el retorno a la democracia, luchando por ello y dando todo de sí “por la vida y por la paz”, para nada. Por ese motivo es que hoy arde Santiago.

¿Es realmente la PSU lo que debemos cambiar?

Podría denominarse un contenido vox populi, —en la voz del pueblo—, el carácter injusto de la PSU. Pero no creo que ese sea el sentido correcto para definirla; más que injusta, podría ser una evaluación poco equitativa. Distribuye, en un sentido de justicia más bien teleológica o aristotélica (ordenado a ciertos fines; en este caso, el ingreso a la universidad) un puntaje determinado, respondiendo también a ciertas características socioculturales. ¿Cómo van a saber resolver determinado ejercicio matemático quienes nunca tuvieron reforzamiento escolar con buenos profesores, ni tomaban desayuno en la mañana, y su almuerzo consistía en tallarines y pan, porque no alcanzaba para más? ¿Van a rendir una mejor prueba quienes no tenían problemas con sus padres alcohólicos, quienes no fueron abandonados, quienes tuvieron profesores que los apoyaron y que sabían que serían capaces de todo? Sin duda. Pero eso no lo va a suplir un nuevo sistema de admisión universitaria, sino más bien una nueva estructura educacional a nivel país. 

Bastones, ruedas y oídos sordos

Cuando me enteré, por casualidad, que en diciembre se celebraba el “día de la discapacidad”, no pude evitar fruncir el ceño un instante y dudar de la veracidad de la fecha. Google me confirmó: efectivamente, el 3 de diciembre es una fecha para conmemorar que ciertas personas no pueden ver, o no pueden oír, o no pueden caminar, y por eso, al parecer, son muy esforzadas, perseverantes y talentosas. Sin embargo, creo que —ignorando el posible cinismo de muchos ante lo que se aparenta y lo que efectivamente se hace— con ello el foco está puesto en un lugar errado. Una persona en situación de discapacidad lucha toda su vida por ver la vida como la ven los demás, oír hacia ellos las palabras de aliento y esperanza que siempre han escuchado que les dicen a otros y caminar a paso firme hacia un futuro prometedor.

Pero a veces eso cuesta más, y no es el obstáculo lo que se ha de festejar, porque nadie es perseverante por el hecho de tener más dificultades que el resto; se es perseverante por superarlas, por tener ímpetu de lucha y querer surgir. Romantizar la discapacidad y buscar el lado heroico del hecho de tener más trabas para ciertos objetivos, lejos de incluir, segrega. Establece diferencias entre la “gente normal” y el “pobrecito” al que miran con una mezcla de falsa admiración y morbo, el mismo que hacía que la gente sintonizara los canales nacionales para ver la Teletón. 

¿Qué se escribe cuando se escribe poesía?

Dijo alguna vez Bolaño que los mejores éxtasis están escritos en prosa. No lo creo. La prosa escribe racionalmente, dicta las palabras en un orden concreto, estipulado a partir de un canon riguroso que genera un resultado específico. Digámoslo así: es una máquina que de cuando en cuando se vuelve siniestra, pero que, al fin y al cabo, no es sino una fábrica de ideas al estilo fordiano, donde pone a trabajar sistemáticamente a cada región de la mente para construir un todo singularísimo. Pero la poesía, ¿qué es poesía? Es como cuando Gonzalo Rojas, el poeta (distíngase del historiador y antiguo profesor de cátedra de mi facultad, pues no es el mismo) se preguntaba, medio soñando, medio despierto, “¿qué se ama cuando se ama?”.

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios? ¿la luz de la vida, la luz terrible de la vida o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla? ¿Qué es eso, amor?

Y yo me pregunto entonces, ¿qué se hace cuando se hace poesía? ¿Qué se dice, qué se intenta? ¿Puedo crear acaso un papel atiborrado de lágrimas y sueños y desdenes y alegrías, y llamarlo poema y decirle en un susurro “eres arte y alma mía”?

No importa ya que las palabras dichas rimen, ni importa tampoco la métrica y esas cosas. La verdad es que a mí en lo particular eso me tiene sin cuidado; el arte no debe estar constreñido a reglas específicas ni mucho menos leyes taxativas. Es libertad pura. Es fugaz, un relámpago que de pronto plasma lo que hay dentro, como si quisiera estallar y gritar en mil fragmentos “¡aquí estoy! ¡esto soy!” Soy y existo. Soy. Nada más que eso.

 Pero preguntémonos ¿qué es poesía, y por qué digo que vence a la prosa? Mi respuesta, en la inmediatez, es que la poesía es atemporal. Evoca, de cierta forma, a la vez en la que Sábato afirmaba que el arte es un tipo de ciencia que no cabía dentro de las ciencias exactas, porque constituía una misma imagen arraigada en lo más hondo del inconsciente humano, una sola imagen; era siempre la misma. Está claro que podía mirársela desde distintos puntos de vista, en eso constituye la originalidad, pero Sábato insistía en que esa imagen era unívoca en el inconsciente de las personas, citando a Freud y hablando de cómo percibimos las mismas emociones, los mismos temores e inquietudes en su versión primaria que los hombres de a lo largo de la historia. Decía, muy seguro de sí, y de cierto modo puedo encontrar verdad en sus dichos, que no es inferior el arte Homérico del arte de Joyce, por mucho que se haya recorrido un gran trayecto evolutivo en la teoría literaria desde un punto y el otro. El arte no tiene tiempo.

 La poesía no tiene tiempo. Es la unidad, vista desde las más inimaginables perspectivas posibles, para abarcar algo que no puede concebirse en su totalidad por la mente humana con solo mirarlo un instante. Recordemos ese instante en el que Marx le escribía a su amigo Engels, y le decía lo mucho que le sorprendía que lo que planteaba Sófocles en su obra se parecían a las condiciones que él había visto en su propio siglo. La respuesta es clara: las inquietudes más propias del hombre no tienen tiempo ni lugar, simplemente son.

Y eso, precisamente, ese arte, ese ser, ese devenir de las cosas desde un inconsciente que a duras penas subsiste sobre la mente irracional del hombre, es lo que plasma el arte, y de una u otra forma, la buena poesía.

¿Qué es, entonces, poesía?

Es una ventana desde la mente, desde el alma, hasta el resto del mundo.

Los Miserables y la justicia

Debo decir, a modo de confesión de lector compungido, que tengo un libro predilecto. No sé si es bueno aquello, pero lo dudo. Uno no debería tener preferencias tan marcadas entre tantos autores y libros que han pasado por la vida de uno, y han marcado el alma perennemente, dejándola para siempre con su rastro. Sin embargo, ahí está, en la estantería, ese grueso volumen de Víctor Hugo. Los Miserables. Algunos dicen que tiene muchos detalles, pero es precisamente eso lo que hace que el libro sea fascinante. A partir de lo que otros consideran “detalles excesivos”, el autor construye un contexto previo, un lugar del cual surgen personajes determinados, y tienen que enfrentarse a ese submundo, contradecirlo o someterse a éste, y luchar por sus propios intereses; sea en un convento, en un obispado, en los suburbios de París, en una revolución siendo nieto de burgués y padre condecorado por Napoleón, o tantos otros lugares y momentos que van enfrentando a los personajes y haciéndolos luchar por lo que es suyo.

¿Y qué es lo suyo?

Hay veces, eso sí (y es el único gran defecto que pude encontrarle al libro), en las que me parecía que Víctor Hugo era un tanto maniqueo. Teñía el paisaje de un blanco o negro absoluto, sin dejar muchos matices entre medio. El bien versus el mal, y nada más, se enfrentaban en una lucha sin igual, en pos de obtener cada cual lo que les perteneciese.

E insisto: ¿qué era aquello que les pertenecía? ¿Cuáles eran los anhelos particulares de cada personaje?

Podría decirse que eran muchísimos, tantos o más como individuos figuraran en la novela. Sin embargo, yo creo que pueden reducirse a uno solo: justicia.

Es un libro que trata sobre la justicia, que, si seguimos la definición de Ulpiano, no es sino “dar a cada cual lo suyo”.

Amor, redención, paz, seguridad, orden social, restitución política, abundancia, venganza.

Lo que sea.

Justicia.

Todos y cada uno (la Constitución práctica)

Pareciera que todos ansían generar cambios grandes en una Constitución poco legítima, y eliminar aquellos aspectos que evocan al régimen autoritario e ilegítimo de la Junta Militar. A pesar de todo eso, olvidan que son varios de estos elementos, precisamente, los que han generado una estabilidad relativa y ficta. Aparentemente, como una mímesis a la burbuja inmobiliaria de EE. UU en 2008, creíamos estar en un paraíso ajeno a la realidad mundial, en esta pretensión simulada de armonía social. Y como vimos, explotó todo como una bomba de tiempo.

Tic, tac.

Los problemas se pueden enfocar desde muchos aspectos, pero uno de ellos puede distinguirse mediante una aparente minucia de la Carta Fundamental. El capítulo primero sienta los principios esenciales del resto de la ley, lo que resulta una clave interpretativa para los capítulos posteriores. Y es aquí, precisamente, donde está la siguiente frase: 

 “[…]a todos y cada uno (…)

Con “todos y cada uno”, se refiere, primero, a la totalidad de la ciudadanía como un colectivo; a garantizar los derechos de la misma colectividad y de preocuparse de este conjunto como un todo. Pero, por otro lado, está el “cada uno”, es decir, el individuo, el ser particular y concreto; la persona natural.   

Según esto, la Constitución no adoptaría, teóricamente, ninguna parcialidad por sobre los derechos individuales o colectivos. No obstante, en cuanto a la realidad fáctica, eso no es algo que se haya dado por manifiesto. La ciudadanía no lo percibió de ese modo, porque no se expresó jurídicamente de ese modo. Se quedó en la teoría, en las palabras dichas al aire, y olvidaron llevarlas a una concreción empírica que pedía a gritos ser materializada.

La CPR no está para teorizarla solamente; también tiene un fin práctico (que no debe confundirse con un pragmatismo utilitarista) con el cual debe aplicar en la realidad del ciudadano en cuanto se relaciona con la jurisdicción estatal, y con todo tipo de ejecución del Estado de Derecho. 

¿Qué es el arte? – una perspectiva filosófica

El arte consiste en una materialización de la realidad, pero no como algo genérico; es decir, no capta la realidad tal y como es, porque nadie es ni sería capaz de hacer algo así. Nadie conoce “lo que existe” del modo tal en que está; sería exceder nuestra categoría de meros espectadores de un universo con creces superior a uno. Me explico con un ejemplo: digamos que estamos en un bosque, que es grande, inmenso, tan vasto como la existencia misma, y en ese bosque hay un sinfín de cosas, cada una de una complejidad sublime. Pero nosotros, insertos en ese bosque, no podemos describirlas todas, puesto que habría que pararse en todos los puntos del bosque, y eso sería imposible, como es evidente. Pero dentro de lo que podemos abarcar, ver y percibir, depende de nosotros con cuánta precisión describamos la realidad, y cómo se la contemos a quienes estén en otros sitios del bosque.

El arte, de este modo, es esa materialización de nuestra realidad, de la existencia particular y personal del individuo, presentado en una obra, sea cual sea el formato que utilice. Pero esto que llamo “formato” (que puede consistir en una forma literaria, o musical, o plástica, o pictórica, entre muchas otras) no es sino eso, un instrumento o un medio a través del cual se transporta lo que existe, de la forma percibida por el artista, al resto del mundo.

Los filósofos aristotélico-tomistas hablaban del concepto de abstracción, donde el intelecto agente (nuestra cabeza, mente, la “testa” o la mollera o como quieran llamarlo) ilumina el objeto y lo abstrae, haciendo de un ente singularísimo un concepto universal. Sin embargo, esta universalidad está dada según la comprensión de cada cual.

Veamos la siguiente imagen:

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A partir de esta imagen, luego de generarse un concepto (universal y absoluto) se genera algo posterior, el juicio. El concepto, en este caso, sería “muro de Berlín” y el juicio vendría a ser todo lo que pueda ser susceptible de verdad o error. “Confinamiento, comunismo, Guerra Fría”. “Horror, miseria, felicidad, libertad, esclavitud, alegría, tristeza”. Esto depende de cada cual, de su perspectiva. De algún modo, también, de la perspectiva del artista.

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Roberto Matta, 1974

 No es lo mismo mirar la realidad chilena de la época de la dictadura desde unos ojos u otros. No es lo mismo pintar como Roberto Matta que como Gracia Barrios, por decir algo.

Gracia Barrios, pintora chilena

No es lo mismo mirar la segunda guerra mundial desde uno u otros ojos tampoco. No es lo mismo Frederick Hagan que Edouard Vuillard.

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Edouard Vuillard, 1940

No es lo mismo el juicio desde el concepto de un sujeto que el de otro, porque ninguno va a ser réplica de su semejante, jamás. ¿Por qué?

No tengo idea.

Pero por eso, el arte es único, intrínseco a cada cual, inherente al hombre, que sale y se desprende de éste de un modo u otro. Algunos lo reprimen, lo guardan muy adentro para que jamás salga a la luz. Pero sale, siempre sale, y no podemos evitarlo.

¿Somos verdaderamente libres?

Hasta hace pocos instantes, pensaba que no había nadie más libre que un joven universitario. Podemos disponer, relativamente, sobre nuestro tiempo; cuánto estudiar y cuánto no, a qué clases asistir en desmedro de qué otras, a qué fiestas ir, con qué amigos juntarnos, a quiénes oír. Somos libres de forjar un camino en pos de ese destino que venimos soñando desde hace algún tiempo, pensaba. Así que me dispuse a escribir una entrada de blog sobre eso. Pero luego, al plantarme frente a la pantalla en blanco, a la tabula rasa (como diría Aristóteles), me doy cuenta, súbitamente, que no somos libres, sino tan esclavos como cualquiera.

Ese futuro que queremos forjar está, precisamente, en nuestras manos. Y para obtenerlo, tenemos que atenernos a él, “esclavizarnos” a ese camino, a esos pasos para alcanzarlo. Y luego, seremos esclavos de ese mismo destino, atados a una existencia monótona, de rutinas constantes, de días repetidos que asemejan, de alguna forma u otra, a una suerte de dejà vú, cosa que, desde luego, nosotros mismos escogimos. Nos pondremos de pie en la mañana, ataremos, cual soga de la horca, una corbata a nuestro cuello, y partiremos a una oficina a deslomarnos por un sueldo de hambre, o quizá no tan de hambre, pero nunca lo suficiente como para dejarnos conformes. ¿Y qué pasaría, pensaremos, si es que hubiéramos escogido la libertad? La libertad, en su máximo esplendor, en su máximo despojo de ataduras, nos habría llevado a la desgracia y la miseria. A anhelar, finamente, eso que nosotros estamos llamando ahora “esclavitud”.

 No somos libres, pero no queremos serlo. Nadie quiere andar por la vida sin someterse a los parámetros que esta misma le otorga.  

Fragmentos sueltos de mi bitácora personal

30 de julio de 2019

¿Por qué no puedo estudiar? No lo sé. ¿Por qué no puedo concentrarme y hacer lo que corresponde, por qué sigo en el pasado, viviendo en mis errores, martirizándome por ellos? ¿Por qué quiero volver atrás cada segundo que pasa, y cada instante que se va, lo quiero de vuelta? El tiempo, menudo bastardo. Juega malas pasadas. No, me retracto: somos nosotros los que no entendemos cómo funcionan sus reglas, y creemos que la vida se puede jugar a su antojo, sin seguir las pautas de un sistema reglado. El tiempo es la regla, el parámetro, la guía. Y no lo entendemos hasta que vemos que la cuenta regresiva nos mira, burlesca, soez, y nos saca la lengua como si fuera un niño. Y como niños, nuevamente, nos angustiamos, queremos volver al seno materno, a taparnos bajo las sábanas de la cama, a escondernos en los libros de cuentos. Queremos huir. Pero no se puede. No se puede volver atrás.

¿Y por qué no puedo estudiar, entonces? No lo sé, no tengo idea.

7 de julio de 2019

El hombre es lo que hace con lo que hicieron de él. Jean Paul Sarte

A veces me pregunto si tengo algo en blanco en este camino; sea el futuro o el pasado. El futuro, según muchos, está por escribirse, pero tiendo a veces a dudarlo; hay momentos en los que ignoro si acaso hay cierto destino diseñado previamente, por nuestros actos, por los actos de nuestros padres, de nuestros abuelos, y así para atrás, llegando a un origen ignoto, incierto, extraño y abstracto.

¿Y el pasado, entonces? ¿Está acaso en blanco? ¿Empecé a ser cuando adquirí razón y uso de mis actos, o al nacer, o antes de eso? ¿Empecé a ser con mis padres? ¿Con mis abuelos, con los abuelos de ellos? ¿Estamos condicionados por la familia?

Pienso en Gonzalo. No sé por qué. Pienso en cuando él era joven, niño, un crío incluso. Me lo imagino en un avión, junto al que él llama hasta el día de hoy su padre. Rumbo a la RDA, con un futuro absolutamente incierto y una madre muerta, pero sabiendo, a sus escasos ocho años, que ella no es su madre en realidad, sino la mujer que dejó en la ciudad gris y sombría que arreciaba la dictadura de Pinochet. Ese niño, luego joven, luego hombre, calló en secreto —después de que Bulnes lo deje en la casa de mis abuelos — la verdad de su origen. Creció entre sus hermanos sin poder decir que él era uno de ellos. Y así, se apartó lentamente de ese hogar bullicioso, para armar uno propio. Una familia y una vida propia.

Sin embargo, me pregunto si Gonzalo tiene, verdaderamente, una vida desligada de su historia, y lo dudo. Creo que aún sigue firmemente unido al pasado, y eso le duele. Porque todos somos hijos de nuestro ayer, al fin y al cabo. Somos hijos de nuestras memorias, nuestros sufrimientos, y nuestras penas. Podremos intentar a duras penas desligarnos de ello, pero es imposible.

Es el destino.

Es una condena.

Macbeth: la locura y desgracia del hombre moderno

 Escribir sobre Macbeth, de cierto modo, es escribir sobre un mundo en transición. No una transición política, como la que solemos mencionar en la actualidad en el contexto nacional, sino más bien del tipo cultural e idiosincrático, donde lo medieval aún no se despegaba del todo de la realidad existente, pero el hombre anhelaba, con más o menos concreción, evolucionar. El medioevo estaba caracterizado, principalmente, por la superstición y un simbolismo supersticioso que evocaba las raíces paganas de Europa, y así, precisamente, es como empieza esta obra: con brujas. Y si bien son ellas las gestoras, de algún modo, de la masacre que posteriormente se desarrollará, de la locura de Macbeth y de los asesinatos que, junto a su esposa, perpetrarán, ellas no se introducen al lector como figuras necesariamente antagónicas. Simplemente, con un aire un tanto escabroso, hacen temblar el concepto de bien y mal, y lo que siempre, en un contexto posterior al medioevo, parecía estar más que claro. “El mal es bien, y el bien es mal; cortemos los aires y la niebla”

Al mostrarse inicialmente a los personajes, y en especial, a Macbeth, se denota cierto grado de heroísmo en ellos. “Con tal ímpetu menudearon los golpes del contrario, que creí que querían revivir los actos del Calvario” (Shakespeare, 1606), llegó a afirmar un soldado herido, al describir a Macbeth y a Banquo. Pero tras la profecía de las brujas (o hechiceras, como las llaman) se introduce un elemento en el panorama: la ambición. Macbeth descubre que el vaticinio es potencialmente verídico, o dicho de otro modo, que puede cumplirse; puede ser rey de Escocia, y eso lo llena de una sensación de avaricia y codicia, e infunde su espíritu de ansias de poder. La ambición que, finalmente, lleva a la locura, a la destrucción, a desarmar un ideal que en algún minuto había estado erguido, cual estandarte; el ideal propio del caballero medieval. El honor, la honra, la gesta heroica propia de los medievales, se hace añicos con la imagen de un rey Macbeth desquiciado y desgarrado por su propio dolor y culpa.

 No por eso se está afirmando que el hombre de la Edad Media haya sido un ejemplo de virtud, y el hombre moderno, por otro lado, una bazofia con las manos ensangrentadas, sosteniendo algún puñal que gotea un tinte rojo oscuro. Acá no hay juicios de valor; en la Edad Media se cometieron tantos o más crímenes que en la modernidad, pero el tema radica, principalmente, en la forma más que en el contenido de fondo. Los crímenes de la Edad Media solían esconderse detrás de una apariencia de deber, honor y justicia; las cruzadas, las guerras, e incluso, el dar muerte por algún afán de venganza, eran acciones que estaban impregnadas de la esencia teologal que caracterizaba a esa época. Entendiéndolo de este modo, antes todo se hacía por algo, sea por Dios, por el señor feudal, por las razones con que el caballero se hubiese convencido de que lo llevarían a la eternidad. Esto es algo que fue mermando conforme llegaba la modernidad, y en Macbeth, si bien parecía haber un propósito ulterior con dar muerte al rey Duncan, al final, toda esa tortura con la que se atormentaba, esa culpa, esa desgracia, la locura y la horrible muerte con la que culminó su vida, decapitado por el joven Suardo, no fueron sino un sinsentido completamente evitable. Ya no hay un Dios velando porque nuestros actos tengan una razón de ser, porque no la tienen. “Dios ha muerto”, diría Nietzsche (1883). “Got ist tot”. El hombre es, si queremos entenderlo de ese modo, libre, y en esa libertad, precisamente, están las abominaciones que podemos cometer. Los horrores, al final, empiezan a formar parte de la vida humana, y la persona se ha ido acostumbrando, poco a poco, a ello, y lo ha ido asumiendo como parte del pan de cada día, de la cotidianidad. Como Macbeth llegaría a afirmar, previo a su muerte, “la imagen de la desolación se hizo familiar a mi espíritu, y ya no me conmueve nada”

 

¿Cómo mejorar en comprensión lectora para la PSU?

Recientemente, muchos jóvenes me han preguntado cómo hacerlo para comprender mejor un texto. No es que yo sea experta, ni nada que se le parezca; pero si bien no soy docente o estudiosa del tema, supongo que mis resultados en la prueba de lenguaje, unos pocos siglos atrás, fueron lo suficientemente decentes como para contarles cómo hacerlo.

Primer gran paso:

Lee como un ser humano con dos ojos, una nariz, dos brazos, dos orejas y probablemente un cerebro

Es decir, como alguien relativamente normal (trata de disimular tu procedencia extraterrestre, por favor). No pretendas ir a responder las preguntas sin leer el texto en su totalidad, ni leerlo de abajo hacia arriba, ni de derecha a izquierda, ni nada extraño. El primer paso es leerlo en una secuencia lógica, procurando entenderlo a medida que vayas leyendo, y no perderte en los pensamientos, ni avanzar sin haberte dado cuenta que con suerte sabes que estás frente a una evaluación. ¿Y cómo hacer eso? ¿Cómo concentrarse y entender? Fundamentalmente, debes partir por clavar tu vista en la primera oración, la del primer párrafo, y pregúntate lo siguiente:

  • ¿Qué quiere decir el autor esto? (fundamental dejarlo en claro)
  • ¿A dónde me quiere o me puede llevar con esta frase u oración?

Con eso en claro, podríamos seguir leyendo. Una vez terminado el primer párrafo, pregúntate:

  • ¿Qué tipo de texto es?
  • ¿Qué ideas se plantean en este párrafo?

Y así con todo.

Segundo gran paso:

Lee como un ser extravagante y extraño con siete ojos, una nariz, cuatro brazos, una oreja y dudo que un cerebro

Es hora de manifestar tu calidad de extraterrestre una vez terminado de leer el texto. Anda a las preguntas. Asómbrate. Asústate. Luego, analiza: ¿qué me están preguntando realmente? Puede ser:

  • Sacar algo textual de lo leído
  • Inferir
  • Predecir
  1. Para sacar algo textual, tienes que buscarlo textual. Punto. No hay más rollos ni vueltas que darles. Si no sale, de una u otra forma en el texto, NO PUEDE ser la alternativa correcta, así que más que Sherlock Holmes tienes que ser algo así como el niño que busca a Wally en esos libros con infinitos personajes, salvo que en este momento lo que buscas es una información concreta en un texto relativamente pequeño. Puede sonar tedioso, pero es fácil. Créeme.
  2. Para inferir, empieza la tarea de Sherlock Holmes. No eres el genio de la lámpara ni la profesora Trelawney, ojo ahí. No tienes que adivinar nada. Tampoco eres Tolkien o García Márquez, para andar inventando historias. Es decir, lo que respondas tiene que basarse en alguna información dada en el texto, pero que no está de forma explícita, sino que te manifiesta, de una manera evidente, la posibilidad de deducir esa respuesta.
  3. Para predecir, resulta parecido a la inferencia. Son conclusiones que se sacan a partir de lo ya dicho. Es decir, si en el texto un personaje llamado Y dice: “X ha sido un buen amigo, seguramente lo seguirá siendo”, y en las alternativas te ponen: “¿Cómo crees que reaccionará X con Y?”, no vas a responder la alternativa de “mandarlo a la chucha”, sino que en vez de eso, mejor sería una que diga, no sé, “apoyarlo”. Está dado en el texto, de forma oculta entre muchas otras ideas, y tienes que buscarlo, tienes que inferir a partir de ello, y luego, concluir cómo ocurrirán las cosas, pero siempre basándote en lo que te dicen. No des más vueltas de tuerca, pues sería incorrecto para estos efectos.

Tips:

  • Si conoces más del texto que te dan, no uses esa información. Solo lo que te ponen al frente es lo que importa.
  • Raya el papel todo lo que puedas.
  • Haz un mini punteo al lado de cada párrafo con la idea principal. Te servirá para responder varios tipos de preguntas.
  • Un ejemplo típico de pregunta es: ¿qué título le pondría al texto? No te pongas creativo, por favor, que no es la idea impresionar a José Saramago ni a Vargas Llosa, sino a tus papás con tus 850 puntos. Mejor analiza cada párrafo y busca la idea que se repita en todas, y a partir de eso, busca la alternativa que lo comprenda todo.

[Antiensayo] El nuevo contrato social


“La política no es una especulación; es la Ciencia más pura y la más digna, después de la Filosofía, de ocupar las inteligencias nobles.”

J. Pablo Duarte

“El hombre es un producto social y la sociedad debe impedir que se pierda para ella”

Miguel de Unamuno

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Desde el inicio de nuestra educación formal, se nos ha enseñado la correcta estructura de un ensayo. Creo haberla aprendido en el momento en que fue requerido, y haberla adquirido para los ensayos que consideré pertinente aplicarla. Estos, sin embargo, no corresponden a aquellos. Estos ensayos, si pueden llamarse como tales, no siguen otra más que la estructura y la forma que yo misma he decidido darles para que su sentido tenga más vida, y si su nombre es “ensayo” no es por el sentido académico que las universidades han acuñado y le han otorgado un sentido estricto al término, sino al origen de éste, a Montaigne, el verdadero padre y dador de vida de esta palabra. Ensayar es, al fin y al cabo, pensar por escrito; es extender la mente y las ideas a algo externo a nuestro propio corpus y ánimus y hacer vivo lo que antes era solo una entelequia inteligible por una única razón, susceptible de ser olvidada al cabo de breves instantes.

Primera idea: la comunidad como elemento esencial de la naturaleza humana

 Política. El hombre es un ser intrínsecamente político, y eso está dado por su carácter de ser social. En palabras de Aristóteles, “quién pueda bastarse a sí mismo, sin sociedad, o es un Dios, o es una bestia”. El hombre no es capaz de subsistir sin un todo colectivo que lo sostenga; es decir, sin una sociedad que lo haga funcionar dentro de ésta. Necesita de otros, necesitamos de otros, es algo que viene dado por el mero hecho de ser. Si un niño, al llegar al mundo, es abandonado a su suerte, no sería capaz de realizar ninguna de sus actividades o procesos básicos, demostrando así que, desde un primer momento, desde ese instante en que aún no conocemos la vida, en que esta nos es algo nuevo y extraño por completo, desde ya es fundamental el contacto con el otro.

Segunda idea: la política como motor de comunidad

 ¿Y cómo ejecutar esta necesidad de colectividad, en un entorno de individualismo e intereses personales imperantes? Porque tampoco podemos negar esa aparente dualidad: el hombre, a su vez, quiere velar por sí mismo, por su propio bienestar, y es por eso, precisamente, que busca al otro. Busca al otro para encontrarse a sí, para suplir sus carencias, para sostener aquello que le dificulta. La naturaleza humana no se manifiesta a través de la mera liberalidad en su más pura expresión, sino que sería más bien una serie de actos de tipo oneroso. Entonces, si lo que deseamos es organizarnos en comunidad, ¿cómo plantear las necesidades individuales y solucionarlas en conjunto? Aquí es, precisamente, donde entra en juego el concepto de política.

 La política consiste en el arte de gobernar. Y gobernar no es sino hacer valer un poder delegado, una autoridad dada por la convención social. Habrá quienes, antaño, dirían que el poder viene de Dios, que éste se lo da a los hombres y finalmente ellos se lo otorgan al rey. Otros afirman que el poder se lo dan directamente los hombres a los soberanos. Sea como sea, la soberanía, el poder, la autoridad, está en manos de hombres, de seres de carne y hueso, que por medio de convenciones sociales han decidido delegarla en ciertos individuos, para que estos la organicen del modo que sea más conveniente.

Aquí entra en juego lo que Jean Jacques Rousseau definía como el contrato social. Es el hecho de que llega un punto donde el hombre deja de ser un “buen salvaje”, se reúne y se organiza en sociedad, determinando qué es lo bueno y qué es lo malo, dónde está lo correcto y lo incorrecto, dónde está el límite entre lo propio y lo ajeno. No fue el único en plantearlo, también está el concepto que Hobbes planteaba en el Leviatán, por ejemplo, o el de John Locke. Pero me gusta más la idea roussoniana, porque al final, aplica al desarrollo humano visto no desde un punto de vista cronológico, sino más bien evolutivo en cuanto al ser individual.

Tercera idea: el contrato social de los nuevos hombres

  Otra vez, volvamos a la figura del niño. Ese pequeño que viene al mundo sin conocer a nadie, sin entender de qué se trata este asunto tan complejo que es existir, cree en un primer instante que está solo. No sabe que el resto también es persona, que también forma parte, a su vez, de la comunidad en la que están insertos. Y poco a poco, esa distinción entre tú y yo se marca con más evidencia, con una claridad lo suficientemente nítida como para hacer ver que somos parte de algo, que eso tiene reglas, y que hay que acatarlas. Hay que compartir, convivir, entender los límites entre lo propio y lo ajeno, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo posible y lo imposible, lo moral y lo inmoral. Así, se empieza a formar un individuo más en este conjunto de seres que forman un todo, una colectividad única, una comunidad social. Uno ya no es un ente individual, sino que es solo un órgano, una parte, una pieza que articula este engranaje.

 Y así, nuevamente, se vuelve a vincular la idea del hombre social con la figura del ser humano como animal político.

 Al nacer en el mundo social, nacemos también en el mundo de sus regulaciones y sus límites, esto es, de lo establecido. Y eso se establece mediante el orden jurídico y político. Sin autoridad, no habría relaciones de familia, ni de Estado nacional, ni de comunidad internacional, ni de nada. Sin una ley imperante, sin una ejecución que permita hacer valer esa autoridad soberana, no existe la sociedad como la conocemos, sino que, si bien tendríamos una serie de relaciones humanas, estas serían caóticas y disruptivas. La armonía esta dada por el orden político, lo que deriva en un orden social.

«En lugar de destruir la igualdad natural, el pacto fundamental, por el contrario, sustituye la desigualdad física que la naturaleza pudo haber establecido entre los Hombres por una igualdad moral y legítima. Los Hombres, pudiendo ser desiguales en fuerza o en talento, se hacen iguales por convención y por derecho»

Rousseau- El Contrato Social.