[Divagando] El rol de la religión en el Derecho

 Quiero escribir, sea en mi blog, sea un ensayo, un cuento o cualquier intento vago de poner por escrito las ideas que tengo, pero nada. Así que simplemente, intentaré dejar que los dedos hagan lo suyo sobre el teclado del computador. Los dejaré actuar, en modo piloto automático, dejándome llevar por la circunstancia, y dejándolos escribir lo que sea. No sé qué saldrá de esto. No sé si saldrá algo siquiera. Estoy intentando adelantar un poco de materia; me aburro en vacaciones sin hacer nada. El tiempo pasa, fútilmente, y los segundos y minutos y horas se queman, sin retorno, en una vorágine vertiginosa de tiempo perdido y malgastado. ¿Por qué no usar aquello como un recurso, como algo útil quizás?

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 Así que decidí empezar a hojear Personas Jurídicas, de Alberto Lyon. Es curioso cómo la visión positivista que tiene sobre la realidad jurídica, aquella que impera sobre la legislación vigente, contradice de algún modo esa postura tan teologal cristiana en la cual la personalidad viene dada por un carácter divino. Dios, según la escolástica tomista, es quien da, en virtud de nuestra esencia, el carácter personal de cada uno. Somos personas por el mero hecho de que somos, es aquella nuestra naturaleza en la escala de la perfección. Los positivistas, por su parte, mandan aquello al carajo y deciden que la persona es aquel sujeto susceptible de adquirir derechos y obligaciones. Y punto, mierda.

No estoy menoscabando con ello la doctrina escolástica, puesto que consistió en un aporte fundamental al pensamiento crítico, científico y filosófico de la época. Y jurídico, por supuesto. Santo Tomás hoy puede ser visto como símbolo de lo arcaico y conservador, pero antaño fue un revolucionario a su modo, con ideas que bordeaban lo disruptivo: ¿cómo introducir, acaso, la filosofía aristotélica y grecolatina dentro de una mirada completamente canónica medieval? ¿Y hablar del concepto que Aristóteles planteaba de Dios para introducir al Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra y de todo lo visible y lo invisible (…)? ¿Cómo, acaso, podría mezclar a los paganos de antaño, que no habían conocido las revelaciones divinas, con la doctrina de la Iglesia? Sin duda, Santo Tomás tuvo una visión que iba más allá de las cortinas que nublaban la mirada de sus contemporáneos. Él buscaba el conocimiento, la Verdad por sobre todas las cosas, y esa Verdad podría perfectamente encontrarse en ideas antiguas, paganas, anteriores a Cristo.

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 No obstante, Jesús también dijo (en el momento en que le preguntan por los impuestos): “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Así que, si bien el doctor de Aquino es un grande, no creo que debamos utilizar esa cosmovisión en todo aspecto para abarcar el campo de lo jurídico. Hay cosas que deben abordarse desde un punto de vista más pragmático, e incluso, más utilitario. Si el fin al que nos encauzamos es el bien del hombre en sociedad, entonces tenemos que observar a la sociedad como un ente colectivo, y esa colectividad no se guía con parámetros moralistas ni canónicos, sino por el contrario.

Chile necesita más cínicos

La sociedad chilena está cambiando. ¿Y la política qué?

Política. Pienso en esa palabra, y muchas veces con ello no pienso en nada; se me llena la cabeza de un vacío inexorable y triste, como si la política, de por sí, fuera un agujero absolutamente hueco. Otras veces, no obstante, lo asocio con la farándula; con los canales mediáticos y sensacionalistas llenos de luces y discursos condescendientes, hacia una “chusma” ya cada vez menos querida.  ¿Qué es un político sino un sujeto que se sienta frente a cámaras de televisión a hablar burradas y sin sentidos? Títulos que gritan por atención periodística, parodias, programas matutinos y periodistas haciendo preguntas banales. Dobles estándares. Pero, francamente, no le tengo nada en contra realmente al doble estándar; prefiero a Joaquín Lavín, así tal como está, por dar algún ejemplo de político pseudo-centrista; que anda pegando calcomanías de hombrecitos en los semáforos para celebrar el orgullo gay —mientras defendía a rajatabla al gobierno militar, al menos hasta que dejó de convenirle—, antes que llegar preferir a un sujeto como José Antonio Kast. Sí, es cierto, la política está farandulizada y convertida en un circo mediático, donde cada uno compite por ser el más “buena onda” y simpaticón, pero ¿es eso realmente perjudicial para el país, o acaso necesitamos al ideal portaliano para crecer?

 Voy a adelantar mi opinión desde ya: no hay absolutos, siempre se puede llegar a un punto intermedio entre un extremo y el otro. No podemos someter a la política nacional a un caos absoluto, a un baile constante y onírico donde al ritmo de cierta música tropical todos pretenden cogerse —y en efecto, leyeron bien— al populacho mediante una sonrisa bonita y buena pinta. Pero tampoco es posible aplastar bajo la suela de los zapatos del Estado, que vendrían siendo uno de esos bototos de trabajo, pesados y duros, al resto de la población, constreñida bajo el pulso de una doctrina totalitaria.

José Antonio Kast, el ejemplo de la imposición arbitraria de los tiempos modernos

 Kast es un ejemplo de la imposición. Pero es una imposición adecuada a los tiempos modernos, la que intenta vender con una sonrisa en la boca, con un tono amable y comprensivo, con suavidad y maneras calmadas: “¿pero cómo no vas a votar por mí, si quiero lo mejor para ti?”, podría preguntar, suavemente, con una tranquilidad absoluta y contagiosa, de tanto en tanto exasperante; de tanto en tanto que apacigua. Pero Kast no es un hombre tranquilo, para nada. Es la representación del orden autoritario, de la estructura y la rigidez, sin ánimo de otorgarle a ello ningún juicio de valor. Los países crecen, al menos en cuanto a lo económico, si es que se tiene un gobierno ordenado y fuerte. Y lo económico también incide en lo social; abre oportunidades, mejora vidas. Sin embargo, aquí existe otro tema. ¿Dónde van quedando las libertades individuales? ¿La expresión, por ejemplo? ¿O el amor, cuando no es heterosexual? ¿O la familia, que tanto protege nuestra Constitución, en el caso de que no sea la convencional?

“En el gobierno militar se hicieron muchas cosas por los derechos humanos de otras personas. Cuando yo hablo de mejorar la salud, cuando hablo de la calidad en la educación, cuando hablo de mejorar la economía, también estoy viendo como resguardo la calidad de vida de las personas, que también -en alguna medida- son derechos humanos positivos”
José Antonio Kast

Si se quejan de que nuestra política es un asco, de que somos unos payasos, pensemos también por quiénes queremos reemplazarlos. Quiénes serán los gestores de la administración del país, de todo el país. Y por eso es, precisamente, que me estoy reencantando con el cinismo.

 En Chile opera la tan criticada política de la retroexcavadora. Un partido, un sector, un gobierno levanta una empalizada de ideas y proyectos; concreta algunos, establece otros para que se sigan a continuación, pero apenas asume el gobierno siguiente (por lo general, de oposición) lo destruye todo. Al diablo con lo que ya se armó.

Acá necesitamos, por tanto, gente que logre calmar las aguas por ambos lados. Que concilie las fraguas del pasado, que tranquilice los batallones en pos de combate que están armándose frente a frente, y que gobierne en medio del caos no para un partido, sino que para Chile. Y como todos estamos sesgados por alguna idea política, y siempre tendremos alguna convicción ideológica empañando nuestra mirada, entonces no queda otra que hacer caso omiso a aquellos pensamientos propios, y actuar de un modo centrado e imparcial. Es decir, hay que ser un cínico de porquería.

¿Cuál es el colmo de un progre?

Hace tiempo que no le dedicaba unos instantes, por breves que sean, a escribir por este medio. Escribir, de algún modo, es pensar; ordenar las ideas, estructurarlas y darles un sentido o fin. Si bien este blog no ha tenido como objetivo principal la difusión de pensamientos abstractos o demasiado relevantes, sino más bien prácticos o en ocasiones, absurdos, quiero dejar un instante para reflexionar. Solo un instante. Aunque sea breve. Hablemos de ese concepto ambiguo llamado libertad.

 Partiré haciendo una afirmación extraña: no hay mayor acto de liberación que la desidia.

Suena contradictorio. Raro. Estúpido, incluso. ¿Cómo que no hay mayor acto de liberación que la desidia? ¿No era que acaso los procesos liberadores, las ideas que buscan la libertad, son ideas apasionadas, intensas e impetuosas, que buscan romper con el status quo y, de ese modo, liberar?

 Eso, claro está, si entendemos libertad desde un punto de vista gráfico y pintoresco. Estamos imaginando la toma de la Bastilla, quizá, o a Manuel Rodríguez gritando “aún tenemos patria, ciudadanos”. Tenemos en nuestra mente a Espartaco, al ejército libertador cruzando Los Andes, o quizá, solo quizá, un cántico a pleno pulmón del “Pueblo Unido”. Pero no es solo ese el modo que hemos de concebir libertad. Entendámoslo también como la autonomía de la voluntad, por ejemplo, un término tan usado en derecho para definir lo que un individuo puede hacer siempre y cuando el orden jurídico no se lo impida.

¿Y cómo podríamos hablar de libertad? En una mirada rápida, uno tiende a imaginarse dos posibles situaciones, o tesis al respecto.

  • Estar a favor de la libertad, en determinada circunstancia.
  • Estar en contra.

Digamos ahora, por dar un ejemplo, que queremos postular el siguiente enunciado: “el matrimonio ha de ser entre un hombre y una mujer, de lo contrario se altera el orden público y moral.” Si estoy a favor del enunciado, es evidente el modo en que se restringe la libertad ajena, la autonomía de la voluntad (o autonomía privada, como se denomina también) de quienes quieren contraer matrimonio, por ejemplo, con otro de su mismo sexo. Es decir, en ese caso particular, se está “en contra de la libertad” de un modo claro, explícito, y sin necesidad de argumentación ulterior.

 Pero, ¿qué pasa si estoy en contra del enunciado, argumentando que “estoy a favor de la libertad”? En este caso, defiendo que la gente contraiga matrimonio con la persona que le parezca conveniente, en pos de su propia autonomía y pareceres individuales. Fantástico. No obstante, cuando llegue aquel que refute la idea, diciendo que el matrimonio homosexual pasa a llevar la moral y orden público, por lo tanto, si digo defender la libertad del modo que lo hago, he de defender su derecho a vivir en un entorno moralmente aceptable, y de no destruir las instituciones que lo regulan (como lo es la del matrimonio), ¿qué tendría que hacer yo? ¿Seguir defendiendo la libertad, y por tanto, dejarlo libremente pasar por sobre la mía? ¿O ir en contra de mis principios libertarios, y ante esto, imponer mi ideología por sobre la de él?

Por eso la afirmación anterior. No se puede ser más libre, ni estar más exento de ataduras, si no se tiene opinión alguna. Tampoco se le impone nada a nadie, de esa misma manera, por el motivo de que la importancia que se le da a las cosas es nula. Resulta mucho más fácil, no sacan nada en cara, no se tiene que defender posturas, no hay que cuestionarse las cosas ni plantearse paradojas ni dudas existenciales.

 La desidia, al fin y al cabo, es la zona de confort de cualquier ser racional. Si no nos importa nada, somos libres, sí; libres de actuar como queramos, porque no hay un patrón que nos guíe, ni tenemos parámetros o rutas. Se está a la deriva, de algún modo.

Sin embargo, la desidia es peligrosa. Nos convierte, al final, en seres tan vacíos como los ideales que estamos planteando.

Es cierto: sin una postura clara, no existe una suerte de imposición al resto, aunque sea teórica y abstracta. “La gente debería comer sano”. “La gente debería estudiar, hacer deporte, leer más, escuchar tal música”. Eso puede sonar negativo, de buscarle un deber ser al otro. Pero sin una postura clara, a su vez, tampoco tendríamos una esencia propia que nos defina como tales.

¿Es posible estudiar dormido?

Esa pregunta me la estoy formulando seriamente en este instante, muerta de sueño, no sé por qué; dormí al menos seis horas anoche, y es temprano aún. He tomado cafeína. Estoy frente a una pantalla dormida. Y tengo sueño.

No estoy quejándome, no creo que sea esta una situación por la que cualquier universitario común y silvestre no haya pasado. Pero es desagradable; tengo que estar en clases, poner atención, y tengo sueño.

Sueño.

Mucho sueño.

¿Es posible estudiar dormido? No. Esa es la respuesta, lisa y llana. Simple. No se puede cabecear intentando mantener la cabeza en alto y aprender al mismo tiempo, o estudiar, o ser productivo. Simplemente es imposible.

¿Y cuál es el consejo o mensaje de esta entrada?

Duerman.

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¿Podemos regular jurídicamente la vida de las personas?

Hace poco, obligaron al ex presidente de Algeria, Abdelaziz Bouteflika, a renunciar, tras una serie de protestas en su contra. Lo hizo, abdicó, dejando tras sí un camino ensangrentado; de mujeres mutiladas o lapidadas por adúlteras, de homosexuales asesinados, de gente que no quiso vivir según la ley musulmana y otras tantas que decidieron quitarse la burka. Bouteflika no hizo, sin embargo, nada distinto que sus predecesores, siguiendo el legado que le había dejado su crianza radical y extrema.

Abdelaziz Bouteflika

Eso no le quita que los musulmanes, como religión, puedan constituir un grupo de gente respetuosa y amable; lo mismo con los cristianos, con los budistas, hindúes o los taoístas; los que sean, en realidad, que profesen un pensamiento religioso en que imperen normas de conducta. Sin embargo, ¿podemos extrapolar esas normas de conducta a los aspectos jurídicos?

Obviamente, habrá quienes salten diciendo “obvio que no, poh, perro, porque hay gente que no cree en eso, y no po’emos obligar porque toos somos libres, poh perro, de creer en lo que queramos xD.”

El zorrón que dijo eso

Y si bien puede tener en parte algún grado de razón, el argumento va más allá de eso.

Debemos sabes que las normas jurídicas, por definición, se distinguen de las normas morales o las normas sociales por su carácter coercitivo, lo que tiene su razón de ser. El derecho fue creado para regir y limitar las libertades en cuanto nos permita organizarnos como sociedad. Las leyes están hechas, entre otras cosas, para ser exteriores, esto es, para regular las conductas que se manifiestan “por fuera”. No podemos condenar a alguien por fantasear sexualmente con una chica, sea cual sea la fantasía. Sin embargo, sí podemos condenarlo si existe acto de violación. Esto es porque es algo que afecta a la sociedad como un todo, desde el punto de vista jurídico. Los derechos de esa chica se habrían visto vulnerados. Si un padre le pega a su hijo, los derechos de ese hijo se pasan a llevar. Y eso, por tanto, nos afecta a todos. ¿Cómo saber que no nos van a transgredir o violar nuestros derechos? Simple: por las sanciones que propone la ley.

El problema es que la ley no puede asegurar jurídicamente que los maridos tendrán el amor de sus esposas, ni que los jóvenes pensarán cosas sanas y buenas, y que rezarán a Dios de rodillas todas las noches, porque no es algo que le corresponda legislar. El ámbito jurídico existe, como mencioné, para lograr que la sociedad funcione como un todo. Es el engranaje que permite que la máquina ande, y los individuos son sancionados, o han de ser sancionados, si y solo si alteran el funcionamiento de este sistema.

No, señora, de nada le afecta que dos personas que se quieren caminen de la mano frente a su hijo

La vida amorosa de uno no incide en la vida política del resto, sino que se ha de quedan en el plano amoroso, de las relaciones, del cariño o del desprecio. No se puede apelar al derecho de que otra persona mantenga una relación de concubinato, por ejemplo, porque no tendría ningún sentido.

Abdelaziz Bouteflika tenía otra mentalidad, desde luego. Y los extremistas religiosos también, sean de la religión que sean; se creen capaces de actuar sobre la vida no política de las personas. Eso es errado.

Como decía Jesús, “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Técnicas para estudiar (la mayor parte de) los ramos de derecho

Las técnicas de estudio que existen en el conocimiento de aquellos nerds a los que les interesa son variadas. Muchas. Pero para los temas más específicos, es necesario entender que hay métodos, a su vez, específicos también.

En derecho, la verdad, es que resulta bastante sencillo encontrar ese método, porque es un área del conocimiento muy estructurada. Yo me atrevería, incluso, a formular una nueva definición de derecho, logrando quizá que Celso, que Savigny, que Santo Tomás y Marcel Planiol se revuelquen en sus tumbas. O quizá no. El derecho, diría yo, es una sistematización de la realidad, hecha con el fin de darle una utilidad normativa y de ordenamiento político y social a las conductas humanas.

Esa es una definición mía, completamente inútil de memorizar y de entender, porque no va a servir en ninguna parte más que en este artículo. Pero, para efectos de lo que quiero explicar, es interesante entender al derecho como sistematización de la realidad. Eso permite visualizarlo como algo completamente sistemático, estructurado y jerarquizado.

Ahora veremos los pasos para aprendernos cualquier concepto en esta materia.

Definición

¿Qué es? Hay varios tipos de definición; la etimológica, la real o sustantiva y la normativa. Acá nos interesa la definición real, esa que tiene género y especie. El género es lo más macro, dentro de lo cual se especifica algo más concreto, a lo cual corresponde el concepto a estudiar.

Veamos un ejemplo.

El hombre es un animal racional, Aristóteles.

Animal vendría siendo el género. Pero hay muchos animales, ¿cómo identificamos dentro de estos a un hombre? Por su racionalidad. Si dentro de este género, animal, vemos una especie racional, entonces estamos ante la idea definida: hombre.

Todo concepto, entonces, ha de comenzar con una definición, y ojalá esta sea o la que dijo el profesor en clases, o alguna de un autor conocido y respetado. Y no, Wikipedia no sirve.

Criterios de clasificación

Antes de entrar a clasificar a este concepto ya definido y entendido, probablemente nos encontraremos ante varios criterios de clasificación.

Hay ocasiones en las que el criterio va a tener una suerte de nombre con el cual se puede identificar. Algo así como:

  • Tipos de obligaciones según el sujeto
  • Tipos de obligaciones según el objeto
  • Tipos de obligaciones según el vínculo

Y de esos tres criterios, se establecen las diferentes clasificaciones.

Sin embargo, hay otras veces en las que simplemente, se nombran las mismas clasificaciones como si fueran el criterio. Ejemplo:

  • Derechos subjetivos originarios o adquiridos
  • Derechos subjetivos personalísimos o no personalísimos
  • Derechos subjetivos patrimoniales o extra patrimoniales
  • Derechos subjetivos públicos o privados

Etc.

Clasificaciones

Acá entran en juego lo que se señaló en los criterios de clasificación: dentro de cada uno, habrán, obviamente, clasificaciones a mencionar.

Lo que yo hago, personalmente, es tabular todo y quedarme con un esquema en forma de tabla de word. Algo así:

  1. Derechos subjetivos patrimoniales o extrapatrimoniales:  
PATRIMONIALEXTRAPATRIMONIAL
Es susceptible de valoración económica. No es susceptible de ser valorado económicamente.

Requisitos

La mayoría de los conceptos jurídicos van a tener requisitos para existir. Recuérdalo, enuméralos, y trata de memorizarlos.

Ejemplos

Y finalmente, siempre puedes dar un ejemplo de cada cosa. Si te dicen “acto jurídico unilateral”, por decir algo, el ejemplo por excelencia vendría siendo el testamento; pero también puedes buscar otros que sean acertados y no te hagan perder valiosos puntos en un examen por dar un ejemplo mal elaborado. Es más, podría salvarte decir un buen ejemplo.

Así que, con este esquema, se puede estudiar la mayor parte de los ramos de la carrera. ¡Ánimo!

¿Cómo estudiar estando enfermo?

Hay poca información de esto en la red. Uno suele dar por hecho que a la hora de estudiar, uno va a estar de pie y funcionando, con toda la salud del mundo. “Sal a correr, hace bien para la concentración”, dicen algunos, entre otros varios consejos. Se supone que uno está vital, fresco, pero, ¿qué ocurre cuando la salud no es la óptima?

De buenas a primeras, te dirán que no estudies, que descanses y te relajes para que al otro día o a la otra semana cumplas con tu sesión de estudio con todas las de la ley. Sin embargo, a veces eso no es posible.

Voy a contar esto a través de mi experiencia. El sábado 23 de marzo del 2019 me caí de un piso número cuatro, y quedé hecha bolsa. En la clínica, donde estoy actualmente, tengo que ponerme metas, seguir adelante, seguir con mi vida porque las cosas no se van a detener porque uno así lo requiera. No es cuestión de pedir permiso al universo para dar un respiro, salir a dar una vuelta, tomar aire y volver a la máquina imparable, esa que avanza a una velocidad vertiginosa, en que coexistimos todos. No. El mundo continúa su curso, y uno tiene que buscar la manera de alcanzarlo.

Después de cada cirugía me siento pésimo, pero una vez que vuelvo a adquirir poder de concentración, retorno a la carga, prendo mi computador, y estudio.

Determinar qué estudiaré durante el día

Esto es fundamental, uno no puede lanzarse a la piscina si no tiene claro dónde queda ubicada el agua, puesto que si no, podemos caer sobre cemento y atizarnos la cabeza. Para arrojarse sobre cualquier proyecto, resulta crucial saber qué vamos a hacer y cómo.

Personalmente, yo uso Notion. Es gratis y es una buena aplicación para este tipo de cosas. Me organizo, hago una lista de tareas y la pongo en práctica.

Intentar no tener dolor en el momento de estudiar

Sé que es difícil, pero cuando estudiamos, ojalá podamos buscar un momento donde el dolor esté relativamente controlado, y no estemos chillando de sufrimiento mientras intentamos aprender algún concepto relevante. Quizá el dolor pueda ser constante, sí, pero siempre hay altibajos en el mismo. Por lo tanto, busca cuando esté más bajo, más tolerable.

Explicarle a los demás que estás estudiando

Muchos no van a entender. Verte ahí, enfermo, hecho bolsa, va a producir más ganas de ponerse a conversar que de dejarte tranquilo, “para hacerte más ameno el momento”, “para que no te aburras”. Explícales que no es necesario, con amabilidad. Diles que tienes que estudiar hasta cierta hora. Si realmente te quieren, entenderán.

Habla con los profesores

Esto va por un lado quizá más administrativo, pero si estás enfermo, lo más probable es que no puedas asistir a todas las clases, y quizá a prácticamente ninguna. Habla con los docentes, busca alguna solución, explícales el problema. Y si no resulta, busca una manera al menos de botar ese ramo en concreto.

Consigue los apuntes… y buenos amigos

Quizá peco de perogrullo al indicar la necesidad de conseguirse los apuntes, pero esto es tan básico, que no podía omitirlo. Trata de ver los apuntes de años anteriores también, los de otros compañeros, pregúntales a tus amigos qué se vio en clases, sus propias percepciones, etc. Quizá, alguno también podría grabarte las clases.

De este modo, vemos que estar enfermo, adolorido y casi convaleciente no es excusa en absoluto. ¡A estudiar, se ha dicho!

El metro de ayer — Anónimo

Adjunto el mensaje que escribió un amigo mío, con respecto al metro que ayer cerró, dejó a la gente molesta por el “mal servicio” y los obligó a mover sus pesados pies en pos de caminar un poco.

“Señor, ten compasión de mi, pues estoy entre angustias: mis ojos, mi alma y mi cuerpo languidecen de tristeza.Mi vida se consume en la tristeza y mis años en gemidos, se desvanecen mis fuerzas con tanta aflicción y se deshacen mis huesos.Mis enemigos hacen burla de mi, mis vecinos se horrorizan, y mis conocidos se espantan de mi. Si me ven en la calle, se alejan de mi. No hacen más caso de mi que de los muertos, soy como un objeto gastado y olvidado.

Salmo 31 versículo del 10 al 13


Cuan inútil puede ser volcarse a una hoja cuando el mundo se cae a pedazos, cuán moral puede llegar a ser encerrarse olímpicamente en un cuarto mientras hay personas que se mutilan sin hallar una razón para seguir respirando. Tanta cobardía hay en un lápiz y un papel y cuanta valentía en un alma desgarrada que decide acabar con su existencia.Cuánto puede estremecer una herida, una vida y una muerte y cuánta distancia vital  soporta el análisis razonado. Un bebé que nace y una pareja que se entregan el uno al otro.
Cuándo afirman triunfales que el mundo está mejor y enfatizan con brutales muecas sardónicas cada “triunfo” yo me desbarranco al pesimismo, me refugio como quien quiere escapar de una esquizofrénica realidad de autómatas humanoides felizmente tranquilos y satisfechos, y que con abandonados y ocultos ojos, evaden, de una historia en otra.
Cómo el mundo puede estar mejor si cuando alguien no halla razón para su existencia y en un último grito, – aun desperezando, ferozmente esperanzado-  grito ahogado, remoto, trágico se tira a las líneas del metro, la ciudad engulle silenciosamente su última esperanza, de comprensión, de ayuda, de humanidad.
Hoy día fue un día terrible, nublado, eléctricamente depresivo. Fue un día abortado , muerto.
Hoy día un joven salvajemente acorralado por la existencia, terriblemente despedido de sus ganas de vivir, en una desesperación mortal, se intentó matar. Un alma que intenta aniquilar su propio ser frente a la tormentosa realidad.
Hoy día la frivolidad, el desprecio por la vida humana, que es maldad, pues qué es sino maldad pura, mostró su más espeluznante y perverso rostro. Ante la más profunda y nefasta, ante quizá la exaltación más humana que pudo pasar hoy día, ante el grito de socorro de las sangrientas entrañas de esa criatura… la ciudad le dio la espalda y lo juzgó. Se rumiaba la abulia, la indiferencia , la indignación.
Molestia porque se interrumpió el servicio de metro tren , malestar porque le atrasaron el viaje de vuelta a sus miserables realidades, a sus individualistas vidas.
¡Cuánta maldad y cuán terrorífico se ha vuelto la humanidad!
Mientras tanto una familia, amigos y un ser humano ha muerto, la ciudad estupidizada por la inmediatez y la propia miseria de una vida que se ofrece rápida y vacía ignora, inhumana, la propia humanidad y por tanto se abandona a si misma y se abandona a la maldad y a un futuro desolador, breve y brutal.

La mejor forma para ordenar tus apuntes

La toma de apuntes es algo fundamental, no lo niego, pero, ¿qué ocurre cuando están tan desordenados, o los títulos y subtítulos no coinciden con la información, que el estudiante acaba siendo subsumido por la desgracia, la desesperación y las notas reprobatorias?

No sé si tengo la solución, pero al menos una ayuda para eso. Un pequeño empujón, digamos; un tip, consejo, o como quieran llamarlo.

Hacer índices. Esa es la clave. Antes de que empiece la materia per sé, tener en el apunte un índice con los títulos, subtítulos y temas que a continuación tienes explicados y desarrollados, de modo que uno pueda guiarse por eso y no perderse.

Obviamente, se hacen después de la o las clases. Si no, no tendría sentido.

Miren, he aquí un ejemplo reciente:

Este índice corresponde a la primera clase de derecho civil. Sirve, entonces, para orientarse acerca de cómo están organizados los temas que se presentan en las clases.

Suerte.

Los oídos no son para escuchar

imagen de un oído y sus partes

El mundo suena, dicen. Pitidos agudos, ronquidos graves, el tac-tac de los zapatos pisando el suelo; el ruum-ruum de los automóviles, sus bocinas, gente que habla. Y hay quién, desde luego, puede oírlo todo a la vez, mezclarlo en su cerebro y procesarlo, para sacar una conclusión general de lo que está pasando. “Sí, a la izquierda viene un auto y a la derecha me están diciendo tal y cual cosa”. Perfecto. No hay dificultad alguna. Lo otro es la música. Más allá de reconocer el fa del mi sostenido, está en el crear obras artísticas a partir de los ruidos armónicos y agradables. Es magia. A mí, al menos, me suena como a magia.

Pero si me hablas, te entiendo. Si me dicen un “hola, ¿qué tal, cómo te ha ido?” lo más probable (no seguro al cien por cien) es que te responda: “bien, muy bien, ¿y a ti?”. Si me dicen, “I’m sure you won’t understand“, mi respuesta podría ser “Really? Where did that idea came to you? Do I seem naive, maybe?” y si me dijeran, por decir algo, “Je ne suis pas votre amis”, quizá responda “J’ai su, parce que je ne ai pas de amis”.

No escucho casi nada, pero bien entiendo y pronuncio correctamente los pocos idiomas que conozco. ¿Cómo es eso? ¿No era que los sordos no podían escuchar? ¿No es esa acaso, precisamente, la definición de la sordera?

Entendamos un poco lo que significa ser sordo. Para eso, entendamos la información auditiva (los sonidos) como visitantes que quieren entrar a una casa. La casa somos nosotros, nuestra mente, y por ende, nuestro cerebro. Pero para entrar hay que pasar por la puerta, que en el caso de quienes sufren de sordera, está en mal estado.

Puerta en mal estado

La puerta no es quien recibe a los invitados, ni quien los atiende, ni el objetivo de ellos es acceder a la puerta y nada más: ellos quieren entrar a la casa. Y si la puerta no abre, tendrán que entrar por la ventana, que es más difícil, pero se puede. O bien, que fuercen la puerta, con un audífono potente o un implante coclear.

¿Y cómo se entra “por la ventana”? Se busca el contexto. Si yo escucho que me dicen “efdcmfe”, no tengo idea de qué me están hablando. Pero si se me cae un vaso, se hace mil pedazos, y mi papá me grita “¡efdcmfe!”, puedo tener claro que no es lo mismo que en una clase de derecho constitucional, logre escuchar “las ideas propias del constitucionalismo moderno, es decir…” y luego lea los labios y entienda “…el neoconstitucionalismo, que fue producto de un proceso tras la efdcmfe…”

En ese caso, efdcmfe significa segunda guerra mundial. Podría haber sido “pacto de las naciones unidas”, pero eso corresponde a un artículo en masculino, no a uno femenino, así que se descarta. Lo mismo que “procesos del siglo XX”, entre otros.

Para ser sordo es requisito ser inteligente, y por tanto, si no lo eres, aprendes a serlo. Aprendes a entender por contexto, a buscar los significados, a ver el mundo desde una posición que te obliga a agudizar todos tus sentidos. Qué suerte, ¿no?

Somos malas personas

Mi hermano nació cuando yo tenía dos años. Como muchas hermanas mayores, al ver esa carita sonrosada, esas mejillas gorditas, esa sonrisa encantadora… lo detesté. La envidia, a pesar de que no lo recuerdo con tanta claridad, me carcomía. Y después, a medida que me fui acostumbrando al hecho de ser hermana mayor, comencé a asumir ese rol como si de una arpía se tratase. Yo era mala, bien lo recuerdo. Le daba órdenes para todo, lo corregía aún cuando hacía las cosas bien. En nuestros juegos, porque vaya que jugábamos harto, yo era la mandamás, y él acataba todo con una sumisión sorprendente.

Por varios años fue así. Yo era una persona egoísta, y si bien a veces sentía compasión por mi hermano, porque no tenía amigos, porque era distinto a los demás, no era suficiente como para cambiar de actitud. Hasta ese día.

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Karl Leisner

Yo había escuchado en clase sobre un beato católico del movimiento de Shöenstatt, Karl Leisner. Había sido un seminarista alemán en las filas de la segunda guerra mundial, que fue apresado por la Gestapo y llevado a un campo de concentración. Leisner murió poco después de la liberación de los prisioneros, en un sanatorio de Planegg. Y entre sus frases, que eran muchas, había una que recordé con mayor interés: en el dolor, en la desesperación más grande, cuando sentía que el mundo se le derrumbaba a pedazos, se encomendaba a Dios y repetía “firme, muchacho…firme”. Y eso lo levantaba

 

 

Firme, muchacho. Firme. 

 

De una manera un tanto anecdótica, le conté esto a Cristóbal, mi hermano.

Y él lo primero que dijo tras este relato, su respuesta más inmediata, fue repetir aquello con los ojos cerrados: firme, muchacho. Firme.

Cristóbal sufría. Yo no me daba cuenta. Era la bolsa de boxeo de sus compañeros, era el hazmerreír de profesores y de alumnos. Era el tonto de la clase. El ignorado de la casa. El muñeco de su hermana. No era nadie. Invisible, raro, distinto.

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No es Cristóbal, pero se parece.

Yo tenía nueve o diez años por ese entonces. Y sentí angustia. Algo pesado en mí, una sensación de culpa.

Yo le dije que lo quería. Él me abrazó, y me dijo que también. Le pedí perdón, él no comprendía por qué habría de hacerlo.

Cristóbal es de esas pocas personas que quedan en el mundo que no comprenden la maldad en su totalidad, o si lo hacen, es algo conceptual, lejano, algo que se entiende de manera abstracta pero nunca empírica, puesto que los niveles de envidia, bajeza u odio que pueda sentir son ínfimos. Él es un niño bueno. No es santo, para nada, nadie lo es, creo yo. Pero es bueno.

Pero, ¿qué pasa con nosotros, con los demás? ¿Por qué nos cuesta tanto entender eso? ¿Por qué, si no estamos ante ningún trastorno o condición diferente, tenemos que involucrarnos con esos sentimientos de rechazo o competencia, de individualismo o de desprecio hacia el distinto? ¿De dónde sale esa carrera vertiginosa en pos de alguna meta que aún no vemos, y que queremos, no obstante, llegar primero? ¿Y llegar primero a dónde, perdón? ¿A morirnos, acaso? ¿O a llegar a viejos, con una jubilación miserable, en una pensión de senior suite?

Cristóbal no es tonto, pero está al margen de todo eso. Él vive su vida. Él sonríe. Intenta, a veces, entender la mente de los demás, el funcionamiento de ese complicado engranaje que requiere de mentiras y artimañas. Pero él no es así. Por eso le cuesta. Por eso lo tratan de raro, de autista (como si eso fuera un crimen), de enfermito. Por eso también se ríen de que es un “aperger-ger-ger” (como si decir así aquello fuese signo de inteligencia), y por eso creen, precisamente, que el resto está mejor posicionado que él.

Cristóbal es un buen tipo.

Nosotros estamos mal. Y realmente mal.